N°10 año 2019

9 de diciembre

Otro mundo es posible

Durante los últimos cuatro años, las organizaciones feministas argentinas cumplieron un papel muy importante en la resistencia y contención de las poblaciones más vulnerables, y llegaron fortalecidas a un encuentro cuyo lugar cercano a la capital resultó estratégico para asegurar una gran convocatoria. Aun así, nadie fue capaz de prever que se trataría de la movilización feminista más grande de la historia de América Latina.

Soledad Castro Lazaroff

El proceso asambleario con el que los feminismos argentinos planificaron el 34 Encuentro Nacional de Mujeres que sucedió este año en La Plata, Provincia de Buenos Aires, estuvo signado por la campaña electoral donde el Frente de Todos, liderado por Alberto Fernández, buscaba derrotar al gobierno de Mauricio Macri. En la mayoría de las reuniones que se dieron en todo el país, se recalcó la necesidad del movimiento de fortalecer sus alianzas para combatir las medidas neoliberales del gobierno de Cambiemos, que redundaron en un estado de emergencia social muy agravado. Durante los últimos cuatro años, las organizaciones feministas argentinas cumplieron un papel muy importante en la resistencia y contención de las poblaciones más vulnerables, y llegaron fortalecidas a un encuentro cuyo lugar cercano a la capital resultó estratégico para asegurar una gran convocatoria. Aun así, nadie fue capaz de prever que se trataría de la movilización feminista más grande de la historia de América Latina: más de medio millón de mujeres y disidencias pasaron por La Plata para celebrar el encuentro, a pesar de la falta de recursos del Estado y de la lluvia torrencial que acompañó las actividades durante todo el primer día.


Muchos colectivos, de forma autogestiva, juntaron dinero durante meses para poder asistir. Desde los rincones más recónditos de América Latina, las participantes llegaron como pudieron y se ubicaron en las escuelas y edificios públicos de toda la ciudad, que la comisión organizadora había gestionado anteriormente. También estaban llenos los hoteles y los alojamientos ofrecidos por aplicaciones como Airbnb; algunas, incluso, acamparon en las calles. Ese fin de semana La Plata se convirtió en la ciudad de los feminismos: miles y miles
de grupos, más grandes, más pequeños, más ruidosos o silenciosos, y de todas las edades y procedencias, ocuparon los espacios públicos. La certeza de que estaba lleno de compañeras y compañeres por aquí y por allá modificó la manera en que los cuerpos habitaron las calles. Las actividades se desplegaron en una convivencia armónica, de inmensa libertad, que sin embargo nunca ocultó las tensiones que se estaban viviendo. Los feminismos argentinos no esconden sus conflictos debajo de la alfombra, pero no por eso dejan de comprender la necesidad de consolidar encuentros multitudinarios que nutran y fortalezcan la capacidad de
resistencia de todas las compañeras que, al volver a sus territorios, deben enfrentarse con realidades, muchas veces, terriblemente hostiles.

Horizontalidad y organización

El encuentro estaba pensado para contar con una ceremonia de apertura que fue imposible realizar debido a la lluvia torrencial. De todas maneras, mujeres y disidencias comenzaron a encontrarse en distintos centros culturales y puntos de referencia para comer algo, verse las caras, armar sus ferias y puestos en algún sitio protegido. Era muy gracioso ver a los diversos grupos caminar por la ciudad bajo bolsas de nylon y paraguas. Al mismo tiempo, una especie de encuentro alternativo sucedía entre las identidades trans, travestis y no binaries, que a micrófono abierto empezaban a compartir opiniones y testimonios para discutir la coyuntura,
reafirmar ideas, generar pensamiento colectivo. En todos los espacios se respiraba un clima de celebración contagioso, sazonado por la abundancia de cuerpos diversos, colores y sabores. En los puestos de comida callejera, muchas mujeres vendían productos típicos, y también abundaban los platos veganos, ideales para el consumo de las feministas antiespecistas.


Una de las muestras del nivel de organización y comunicación que se manejó fue la existencia de una app para celulares que, si la instalabas, contaba con toda la información necesaria: horarios, lugares, mapas, medios de transporte. A partir del mediodía empezaron los talleres, que tienen la particularidad de no ser coordinados por referentes o voces especialmente autorizadas: se arma una lista de oradores, quienes participan van interviniendo y se lleva un registro para poder continuar con el trabajo al día siguiente. Más de 87 talleres se llevaron a cabo al mismo tiempo en toda la ciudad, algunos replicados en tres o cuatro grupos dentro del mismo taller: hablamos de alrededor de 500 personas, o más, conversando y construyendo conocimiento de modo horizontal. Los temas fueron variadísimos, congregando a la gente por áreas de interés y permitiendo la mayor pluralidad posible dentro de debates que tienen una duración aproximada de tres horas por sesión. No son instancias de formación vinculadas a la escucha de alguien “que sabe más”, sino que se trata, sobre todo, de aprendizajes basados en el intercambio: de información, de testimonios, de experiencias, donde se da lugar a nuevas asociaciones y redes de trabajo y se redactan pronunciamientos claros sobre diversas cuestiones vinculadas a la coyuntura argentina y del continente latinoamericano.

Ser y nombrar

Una de las discusiones más importantes que se llevaron a cabo tuvo que ver con la actitud de la comisión organizadora de no renombrar el Encuentro tomando en cuenta las diversidades sexuales y la pluralidad de las naciones participantes, aun cuando en la asamblea final de Chubut, el año anterior, se había votado el cambio de nombre. La insistencia con mantener el nombre “Encuentro Nacional de Mujeres” tiene dos problemas fundamentales: resulta incongruente con el reconocimiento que hacen gran parte de los feminismos con respecto a la condición de varios pueblos originarios de no querer declararse como parte del Estado de la Nación Argentina, y no refleja la inclusión al movimiento de otras personas que no son mujeres. Por ese motivo, varios de los materiales no oficiales que se repartían en las calles utilizaban otro nombre: “34 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales y No binaries”.


Fue un tema que se discutió en casi todas las actividades y que apareció en cada micrófono abierto. Era evidente que la enorme mayoría de las participantes estaba preocupada por la falta de reconocimiento al cambio de nombre decidido en el Encuentro anterior. Además, la presencia de miles de mujeres migrantes y de otros países de América Latina volvía aun más absurda la decisión de no nombrarse de acuerdo a la experiencia que realmente se estaba viviendo.

Feminismos del goce

Las actividades culturales fueron constantes. La música, el baile, la poesía, la literatura y el teatro son los lenguajes más importantes del encuentro, además de la intervención performática que hace cada une sobre su cuerpo, lo que resulta toda una dimensión artística en sí misma. La sensación de estar en medio de todo eso se parece a la de ir atravesando una especie de parque de la resistencia para encontrar cientos de miles de maneras de transformar el miedo y el odio en belleza colectiva, en representación simbólica que transforma la vida. Una característica muy importante es la existencia de un montón de expresiones que parten de lenguajes locales y los transforman en otra cosa: malambos feministas, tangos feministas, ritmos andinos, murgas y tambores interpretados por mujeres y resignificados contra el patriarcado. Es un procedimiento de reciclado que lo atraviesa todo: hasta la marcha peronista tiene una versión feminista centrada en la figura de Eva Perón (y enmarcada en la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito). En ese sentido, es impresionante comprobar cómo han logrado dialogar con las tradiciones más populares, lo que les permite no tener que casarse de manera irremediable y única con formas simbólicas, consignas y costumbres provenientes de los feminismos hegemónicos del norte global.


Por su parte, las economías feministas muestran su potencia en el despliegue de los diferentes puestos de venta e intercambio que arman las mujeres en base a la lógica clásica de las ferias o los mercados callejeros, de manera horizontal y colaborativa.

 

 


Nuevo y viejo, todo a la vez


El movimiento feminista plurinacional y disidente lo mezcla todo: utiliza dispositivos de coordinación y trabajo que provienen de las identidades políticas y culturales más diversas. Hay asambleas, aquelarres, ferias y desfiles; debates, rituales corporales, rondas, talleres, charlas y exposiciones. No existe la rigidez en los métodos de trabajo: el concepto de armar experiencias “situadas” da lugar a una diversidad inmensa a la hora de encontrar modos de ponerle el cuerpo a la escucha de las y les demás.


En ese marco, hubo dos marchas, una contra los travesticidios y otra que constituye una de las instancias más importantes y multitudinarias de todo el Encuentro: la marcha de cierre. Allí, 600 mil personas se encontraron para protagonizar un momento común y alinearse en contra de la violencia y por el aborto legal, seguro y gratuito. Entre ellas, llamaba la atención la columna de las adolescentes de secundaria, que marcharon todas juntas con sus 14, 15, 16 años. Pero en general, la mezcla de edades y procedencias de las personas daba cuenta de una multiplicidad infinita, digna de celebración por su complejidad y potencia.


Resulta imposible describir la sensación de estar perdida en medio de ese mar de mujeres, lesbianas, travestis, trans, bisexuales y no binaries reclamando por su libertad, por sus condiciones de vida, por su derecho a decidir sobre sus cuerpos. Es una vivencia que se aloja en el alma como condición de posibilidad, porque permite pasar por el cuerpo, aunque sea por un par de días, las imágenes, los olores y las formas de caminar otro mundo posible. Este tipo de Encuentros no solo sueñan ese otro mundo sino que lo construyen, como si fuera un juego hermoso y necesario que jugamos porque sabemos que lo necesitamos para soñar y dar las
batallas de cada día, de cada hora, en nuestras vidas.


Los transeúntes y vecinos de La Plata también tuvieron que, sí o sí, conocer ese otro mundo. Era muy difícil ser indiferente a la intervención política que produjeron los cuerpos en la ciudad. Los cuerpos, lo único que tenemos, nuestro instrumento de lucha por excelencia, porque somos pobres pero estamos juntas.