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Aprendizajes y acrobacias: Palabras desde el circo de la vida

Ana García-Casillas

A los 18 años hay muchas incertidumbres, cuestionamientos propios y ajenos; cosas para decidir.

También hay certezas y valores innegociables, sentimientos que vienen de muy adentro, aunque no tengan nombre. Realidades y metáforas dialogan y se entrelazan en este texto que invita a saltar y aventurar el paso, pero también a aferrarse con fuerza a aquello que nos motiva y nos apasiona.

Si hace dos años me hubiesen dicho que al terminar el colegio estaría en un circo en Alemania, me habría replanteado seriamente la dirección en la que iba mi vida. O quizás estoy siendo un poco dura conmigo misma, y en realidad mi yo adolescente se habría emocionado con la promesa de futuras aventuras. Sea como sea, he terminado aquí; tras una cadena de acontecimientos y reflexiones he tomado esta decisión. Y a veces, como en este momento, mientras observo a través de la ventana empañada cómo el equipo técnico construye la carpa o mientras meriendo un Brötchen en una Platz solo escasamente familiar, intento descifrar por qué estoy aquí, y cómo debería seguir adelante en un momento tan crítico de mi vida.

 

A menudo, cuando estoy con los otros voluntarios, en una calle vacía de una urbanización poco llamativa o asomándonos sobre un polígono desde un puente de metal, hablamos de nuestras motivaciones. Hay una tendencia a creer que esto es una adicción, gente que lleva años saltando de voluntariado en voluntariado; de Estonia a la India y de Argentina a nuestra ciudad regional alemana. ¿Qué es aquello que les engancha, que les captura, que les motiva a alejarse de todo lo que tienen? Mucha gente cree que la respuesta es fácil: los voluntarios no estamos aquí para trabajar, solo queremos turismo, fiesta y ligues de verano. Entonces, ¿por qué insistimos en estar aquí ahora, cuando todo eso es imposible, con la promesa de una vida solitaria y forastera? Hay un silencio especial mientras responden, ausentes y llenas de dudas, nuestras voces con acento. Un pájaro se ha posado en el puente mientras la voz de Clara, a veces usando palabras italianas, responde. Nos cuenta que llevaba una vida en un despacho y que el año pasado se fue a cuidar niños a Japón; que se dio cuenta que ya nunca podría volver al despacho. Eloise, que en unas semanas se volverá a su pueblo natal de la Francia rural, nos habla de sus experiencias, en Nicaragua, en Israel, en Palestina. Katerina aún se ríe, está en otra conversación sobre el trabajo de la tarde anterior. Se gira cuando por fin nos brilla un rayo de sol, y murmura con una ancha sonrisa que su ciudad la estaba matando. Antonio dice que él no sabe por qué está aquí, que no sabía qué hacer y esto le salió casi por casualidad. Yo no respondo. Miro a mis botas llenas de polvo, flotando sobre esos trenes. El sol me brilla y sé que pronto se volverá a ir. Las nubes se mueven tan lentas que parecen cansadas.

 

A pesar de sentir una verdadera pasión por algunas asignaturas, nunca me he considerado una buena estudiante. Por supuesto que tengo el deseo de hacer una carrera, pero hace unos meses el panorama de terminar la ESO[1], terminar bachillerato, terminar la universidad y encerrarme en una oficina, se me antojaba terroríficamente parecido a la muerte. Durante la cuarentena, pensé que echaba de menos la rutina. Que echaba de menos tener algo que le diese estructura a mis días, que me permitiese diferenciar el día de la noche. Y lo hacía; pero lo que mi pecho, entre muro y espada, me intentaba comunicar venía de algo más profundo. Desde dentro de mis vísceras o en alguna parte de mi vientre, mi naturaleza como ser humano empujaba con violencia contra el interior de mi piel, intentando romperla y salir de donde tan anti naturalmente la habían encerrado. No protestaba contra una cuarentena que tuve el privilegio de vivir cómoda y segura. Protestaba contra un largo trayecto de vida sin vocación, sin voluntad, sin sentido en el mundo. Protestaba porque se había creído tan poco en ella, en la posibilidad de crear, dar y actuar con naturalidad y sin un objetivo, que yo, la carcasa que la encerraba, me había olvidado de cuáles eran mis deseos. Incluso teniendo todo el tiempo del mundo, no tenía nada que hacer, porque no veía el sentido, no veía la utilidad o la ganancia. Sin embargo, necesitaba hacer algo. Necesitaba aprender, trabajar, estar con otra gente; necesitaba recordarme que era humana.

Cortesía de la autora

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Cortesía de la autora

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El circo hace mucho énfasis en el aspecto pedagógico, y aquí es donde ayudo yo, más que a los acróbatas y malabaristas. Varios de mis compañeros fueron a los cursos que el circo ofrece siendo más pequeños. Se trabaja las destrezas no solo físicas, sino también sociales y emocionales de las y los niños. Yo sé que tener proyectos así, en nuestras ciudades, es lo que aleja de nosotros aquella frustración que descubrí en mí, y que me impulsó a venir como voluntaria. Me gustaría ver el circo sin pandemia, repleto de vida. Incluso con ella, me he acostumbrado a ver gente que no conozco pasando por el recinto. Escucho lo que cuentan mis compañeros de cómo era antes: el espacio de las carpas a veces lo usan otras organizaciones; tenemos un circuito de motocross; se trabaja con niños de diferentes culturas, con niños discapacitados, con niños pequeños y mayores. Nos ayudan jóvenes con antecedentes penales, y así el circo les ayuda a ellos en su integración. En nuestro terreno se lleva a cabo un festival cultural donde niños y niñas pueden aprender diversas artes, desde tocar instrumentos de percusión hasta bailar a lo bollywood.  Algo en mí se siente mejor cuando, al final del día, recuerdo que no estoy solo ayudando en un circo, sino también en un proyecto que hace de nuestras ciudades un sitio más humano.

 

Con la pandemia, el circo no puede llevar a cabo sus proyectos habituales. Paso la mayoría del tiempo haciendo cosas que nunca he hecho y para las que no tengo el más mínimo talento. Sonará estúpido, pero es increíblemente liberador. Mi mente se ha educado para convencerse de que hay solo una manera de trabajar y de aprender, que tengo que quedarme en mi camino y ser la mejor en lo mío. Aquí me encuentro hablando con niños en un idioma forastero y construyendo cúpulas con ramas de sauce. Trabajo con mis manos y con mi cuerpo. Interactúo de una manera simple, con niños y niñas a los que no les interesa interactuar de otra manera, con las pocas palabras y estructuras gramaticales que manejo. Ninguno de los conocimientos, métodos y debates que me obsesionan me sirven de algo aquí.

 

Llevo la mitad de mi vida en el extranjero, y prácticamente toda cambiando de círculos. Para bien o para mal, el conocimiento mutuo que tanto me reconforta después de un largo tiempo como forastera, me ahoga y me empalaga si me acompaña demasiado. Supongo que todos los humanos tenemos este miedo a la constancia y esta fantasía del cambio. Yo simplemente he tenido la suerte de poder realizarla. Pero me parece casi un ataque reducir esta necesidad que sentimos los voluntarios a un escapismo. Cada vez que he trabajado y aprendido en un contexto diferente, he reorganizado mi interior, he dado y tomado hasta un punto que mi yo anterior me parece irreconocible. Uruguay, Inglaterra; siempre me acompañan. Ellos ya no son exactamente como eran antes de mí, mientras yo he sido radicalmente moldeada por sus manos.

 

“Tú ya eres un poquito alemana”- me dijo hace unas semanas mi madre. No, aún no. Creo que empiezas a ser de un lugar cuando sus pequeñas peculiaridades se sienten como un viejo conocido. Incluso las cosas de Alemania que me resultan familiares desde hace meses, se siguen sintiendo fascinantes y nuevas. Quizás algún día, dentro de mucho tiempo, pueda sentirlas como alguien con quien algunas veces solía hablar, así como me siento con Uruguay. O quizás esa lengua con la que soy tan torpe, y esos tranvías y bicicletas de cuyo atropello me tengo que salvar cada dos por tres, son demasiado lejanos como para que algún día las pueda considerar mías. Sí, es verdad ahora; viéndola en conversaciones, noticias y anécdotas, la reconozco. Pero esa chispa se prende en mi cabeza, no en mi pecho. A Alemania la he aprendido, no conocido. 

Cortesía de la autora

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Cortesía de la autora

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Yo sé por qué esto es nuestra adicción. Me planto en el S-Bahn cada tarde sin tener ni idea de lo que estoy haciendo. Y poco a poco, se me abren los ojos a un contexto, un ritmo nuevo. Algo que me era hostil y desconocido se vuelve de alguna manera un hogar. Yo le dejo un pedazo de mí, y le robo uno. Se cambia y se deja su marca. Después, se está preparada para volver a huir, o correr hacia algo nuevo. 

 

Ya ha terminado mi Mittagspause[2]. Lena viene y me pregunta si salimos a ayudar. Están mirando con emoción la nueva carpa. Cogemos una cámara de fotos y nos unimos a ellos.

[1] N. de E.: Educación Secundaria Obligatoria (ESO) en el sistema educativo español.

[2] N. de E.: Hora o pausa para almorzar.