N°12 año 2020

28 de junio

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Con Maite Rodríguez Blandón, activista guatemalteca

“No podemos permitirnos perder liderazgos”

¿Cómo se vinculan la situación de las mujeres, la administración de los recursos naturales y los conflictos medioambientales y la pandemia? ¿Cómo se reconstruye después de una crisis de dimensiones planetarias? Durante la entrevista, Maite Rodríguez Blandón va hilando, uno a uno, estos conceptos.

Bahía Flores

Maite Rodríguez Blandón es activista, Coordinadora de Programas de Fundación Guatemala creada en 1987. Lidera la Red de Mujeres y Paz en Centroamérica, que agrupa organizaciones de mujeres de Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Honduras; integra la Red Mujer y Hábitat de América Latina y El Caribe, de la cual es la Coordinadora Regional y es parte de la Comisión Huairou. En su extensa trayectoria se ha abocado a trabajar con movimientos de mujeres de base, acompañando sus luchas por los derechos de la tierra.

—¿Cómo se despertó en vos el interés por las luchas de las mujeres?

—Soy la única hija mujer, tengo tres hermanos varones y tuve la suerte de tener un padre que apenas pudo me enseñó a nadar. Con esas pequeñas enseñanzas me empoderó y alentó mi independencia. Mi madre no dudó en prestarme el auto para recorrer la ciudad. En esa época no se decían “feministas” pero lo eran, me impulsaban a hacer muchas cosas, a poder conseguir las cuatro “A”: autoestima, autoridad, autonomía y automóvil. En la universidad me metí en el movimiento de izquierda, milité en un partido dentro del cual abrimos espacios las mujeres; de nuevo, aún no hablábamos de “área de género” o “feminismo” explícitamente, pero fue en esos espacios donde comencé a trabajar por los derechos de las mujeres. Y luego claro, mi inspiración y mi mentora, sin dudas, ha sido mi tía, Raquel Blandón, activista y referente política. Raquel, que fue primera dama de mi país y recientemente ha sido candidata a vicepresidenta, es una de las pioneras en Guatemala en abordar los derechos de las mujeres. Ella participó en la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer que se hizo en México en 1975, y también representó a Guatemala en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Pude acompañarla en esa ocasión y fue una experiencia muy importante para mí.

—Luego te enfocaste en los derechos de las mujeres, el territorio y las violencias, ¿Cómo fue ese camino?

—Desde joven me involucré mucho en el tema porque me sentía impactada ante las injusticias, ante la exclusión de las mujeres y, sobre todo, ante la discriminación que había en mi país hacia las mujeres indígenas. Cuando visitaba el interior de Guatemala, de muy pequeña, recuerdo que veía a las mujeres atravesando las carreteras con sus niños y niñas acarreando la leña, descalzas, llevando el agua sobre sus cabezas y pensaba que no podía ser posible que vivieran en esas condiciones, que las niñas no pudieran estudiar, me parecía tan injusto. Al volver de ese encuentro de Naciones Unidas al que fui con Raquel y al retornar la democracia a Guatemala, comenzamos a crear redes centroamericanas de mujeres. Integramos la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y allí pudimos crear comités de géneros y desarrollo sostenible. Fue un punto de quiebre porque ahí empezamos a trabajar los temas de género, explícitamente. Hicimos un taller en Nicaragua sobre desarrollo sostenible con compañeras de distintos países y ahí conocimos a María Marcela Lagarde que coordinó un taller. Nos movilizó muchísimo, nos ayudó a darle cuerpo a nuestras miradas sobre el tema. Recuerdo que, terminada la guerra en El Salvador, en un acto de reivindicación y rebeldía hicimos con ella un taller en lo que quedaba de las instalaciones de la Universidad del Salvador; fue un acto bellísimo para recuperar ese espacio, completamente destruido, para las hermanas salvadoreñas. Y esas experiencias se fueron multiplicando, creciendo. De regreso en Guatemala hicimos el primer Taller “Casandra” de Antropología Feminista y a ese taller le siguieron 30 más que coordinó Marcela. Más adelante pudimos instalar el Diplomado en Estudios de las Mujeres, Género, Feminismos y Descolonización. También en aquellos años, a fines de los 80, se crearon los comités de mujeres rurales, en ese entonces surgen de la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano de Costa Rica. Me convocaron y tuve la oportunidad de trabajar para armar la primera coordinadora de mujeres indígenas, mucho antes de los acuerdos de paz. La Coordinadora Nacional por el Derecho a la Tierra y la Propiedad estaba conformada por nueve organizaciones de mujeres indígenas y empezamos a trabajar con ellas el acceso a la tierra, a la propiedad. Y rápidamente pudimos incidir en el Ministerio de Agricultura, que extrañamente o no, fue uno de los primeros espacios que buscó tejer alianzas con las mujeres. Ha sido y aún hoy sigue siendo un tema para trabajar, ha sido un proceso de mucho tiempo, de muchos aprendizajes, de mucha construcción colectiva.

—¿Cómo se integra la perspectiva de género en las luchas por el cambio climático y los conflictos ambientales?

—Creo que hay un vínculo bien fuerte entre la perspectiva de género, las mujeres y el cambio climático. En estos años la agenda fue cambiando. Antes pensábamos el medioambiente, hoy nos encontramos pensando en torno a los impactos del cambio climático. Las mujeres, el acceso a la tierra y el impacto del cambio climático en sus hábitats están muy vinculados. Solo basta preguntarse para qué quieren las mujeres la tierra. La quieren para dar seguridad alimentaria, la quieren para tener vivienda, para tener su partecita de territorio, la quieren para vivir. Empezamos a ver que las más afectadas por la defensa de la tierra son las mujeres. Los hombres tienen más posibilidades de moverse y transitar, migran tanto dentro de sus países como hacia afuera. Las mujeres, por el contrario, son las que se quedan haciendo frente a los embates climáticos, son las que se quedan viendo qué le van a dar de comer a sus hijos e hijas. Son las mujeres y las niñas las que acarrean el agua, recorren largas distancias con mucha frecuencia y eso crea múltiples problemas en su desarrollo, en su salud. Los problemas que enfrentamos debido al cambio climático tienen un impacto diferencial en las mujeres que no podemos negar.

—¿Cómo se vincula al ecofeminismo esta línea de trabajo?

—Las corrientes ecofeministas, al menos un tiempo atrás, planteaban que el centro era la madre tierra, no las mujeres. Ahí está la gran trampa de algunas corrientes ecofeministas que naturalizan la maternidad y el rol de cuidadoras de las mujeres en todo sentido. Tenemos que atender esa diferencia, desde el feminismo estamos todo el tiempo pensando en poner a las mujeres en el centro.

—En los últimos tiempos, en países como Nicaragua, Costa Rica, Colombia, se conocen más casos de activistas que terminan asesinados en conflictos por territorios y recursos naturales, luchas que muchas veces encabezan mujeres. ¿Cómo promovemos el liderazgo de las mujeres sin exponerlas aun a más a violencias?

—Nadie está pensando en quién cuida a las defensoras de esos derechos ambientales, ni a sus compañeros de lucha. En las movilizaciones campesinas por los territorios, a la hora de luchar, las mujeres siempre van como carne de cañón y los hombres, mientras tanto, van a las mesas de diálogo. Hay casos paradigmáticos: Berta Cáceres era una activista realmente muy importante en Honduras y la dejaron muy sola, muy expuesta; Marielle Franco, en Brasil. Falta mucha solidaridad al interior de los movimientos de lucha para con las mujeres, con las lideresas. Hay mucho que revisar. Yo pienso que debemos pensar estrategias que involucren no solo a las activistas sino también a los gobiernos locales y a los medios de comunicación para que puedan acompañar los procesos de lucha. La solución no es guardarse, pero sí asegurarles a quienes luchan el mínimo de garantías, una red de sostenimiento y acompañamiento con actores clave: diputados, procuradores, legisladores, organismos internacionales. No podemos permitirnos perder liderazgos. Debemos estar pensando ya, rediseñando y redefiniendo estos procesos de lucha. No exponernos tanto porque no somos tantas. Con los crímenes de Berta, Marielle y tantas otras compañeras tenemos que aprender, en este mundo tan misógino y tan femicida, que no podemos colocar a las lideresas en la mira. Y, antes que nada, entender que esos son crímenes misóginos y por eso siguen impunes, porque los sistemas de justicia están corruptos, pero debemos seguir en la lucha y buscar alternativas.

—¿Qué estrategias se plantea desde los feminismos para tener lugar y voz en espacios de decisión como los gobiernos locales?

—Es clave convocar a las autoridades locales, al municipio y actuar con nuestras referentes dentro de esos espacios. Siempre va haber una oficina municipal de la mujer, una dirección municipal de la mujer, un escritorio municipal de la mujer. Tenemos que fortalecer a la que está allí, acercarnos con nuestro trabajo, crear alianza con ella. Tenemos que ser entristas, como dice una de mis maestras, Rosa Cobo. Ella dice, y yo lo comparto, que a nosotras no nos van a invitar a que nos sentemos en la mesa para negociar. Nosotras tenemos que entrar, tenemos que ver dónde hay una fisura y ahí meternos. No es que hay una apertura magnífica para los temas de género, pero tenemos que hacerlo a nuestra manera ubicando dónde están esas fisuras. En esa misma línea, yo pienso que lo que tenemos que hacer es entrar en los gobiernos locales. Incluso sería mejor entrar mediante las elecciones, pero sabemos que para ser candidatas y entrar en el juego de los partidos políticos hay que hablar de dinero. Lo cual nos lleva a que también tenemos que trabajar en cambiar la ley de partidos políticos, de participación política, porque si se mantiene como está, no vamos a tener acceso a ser parte de los listados para elecciones populares. La ley electoral debe cambiar porque ahora no hay alternancia. Aquí en Guatemala acceder a un cargo de los más bajos en la lista de diputados implica costos altísimos que es imposible afrontar. Entonces, creo que tenemos que entrar en las estructuras que nos permite el proceso municipal, el proceso descentralizado de cada país. Si estás involucrada en los consejos comunitarios de desarrollo de tu vecindario, de tu municipio, de tu barrio, pues ese es el primer paso. Y luego buscar esas aliadas que están trabajando por los intereses de las mujeres al interior de la propia estructura municipal. Un ejemplo muy concreto de cómo estas estrategias funcionan, es el caso de un municipio en Livingston (que fue donde comenzó el Programa de Ciudades Seguras) donde logramos que el Plan Operativo Anual de la oficina municipal de ese municipio fuera la reconstrucción y remozamiento de toda la pared del cementerio local. ¿Por qué era importante esta obra? Porque las mujeres allí sufrían abusos de todo tipo, dado que el cementerio no tenía muros y no tenía luz, entonces en la noche nadie podría pasar, era un lugar muy peligroso. Entonces, gracias al trabajo con la dirección de mujeres de ese municipio se realizó la reconstrucción del área perimetral del cementerio. Pienso que tenemos muchas metodologías en práctica y hay que seguirlas profundizando.

 

—En un foro virtual, semanas atrás, dijiste que “el covid-19 es como huracán silencioso, que rompe con estructuras que habíamos creado y puesto en marcha para las mujeres” ¿Cuál es la clave para avanzar en la re-construcción después de que pase este huracán?

—Hemos tenido que ver cómo esta pandemia, además de las miles de vidas que se llevó, deja a su paso pobreza, tristeza, desolación y muchos medios de vida en pedazos. Hoy, por ejemplo, fui a un banco que está ubicado en un pequeño centro comercial: de todas las tiendas, unas diez, ya no existen, quebraron. Y esto es solo un caso. Otro ejemplo: aquí en Guatemala –ya estamos por cumplir los tres meses de cuarentena– la canasta básica en el último mes ha subido un 40%, pero las familias dicen que incluso el incremento podría ser del 70%. Es claro que vamos a necesitar una reactivación de lleno de los medios de vida e impulsar iniciativas que las mujeres están teniendo. Ante esto, una de las claves para la recuperación pos pandemia podría ser que las mujeres, las familias, produzcan lo que van a consumir, recuperar la idea de “esta comunidad come lo que produce”. El empoderamiento económico no es solo que ganes dinero, es también que ahorres dinero al dejar de pagar precios muy altos por alimentos que tú puedes cultivar, que tú puedes producir. La autosuficiencia alimentaria es una de las primeras áreas: la inversión en bancos de semillas, en procesos de huertos urbanos, individuales y colectivos, de aprovechamiento de suelos. También hay que buscar financiamiento para invertir en medios de vida, volver a procesos artesanales. Por otro lado, volver a la solidaridad del trueque, al menos en ciertas áreas; esto viene de la época de las civilizaciones Mayas, que ya usaban este tipo de intercambio de bienes. La gente no va a tener dinero para comprar cosas, entonces estas prácticas van a ser importantes, porque será fundamental restringir la compra de bienes que no son necesarios. Luego deberemos pensar en programas estatales y ver cómo nos acogemos a estas iniciativas. Pienso por ejemplo en programas del Ministerio de Agricultura, que puedan trabajar con las mujeres que viven cerca de mercados para impulsar los mercados colectivos y comunitarios. Deberemos usar los espacios públicos desde una apropiación multiuso. Desde las organizaciones, pensar en hacer eventos no ya en hoteles sino en espacios comunitarios para ayudar a la reactivación económica. En resumen: es momento de volver a lo local, consumir lo local, comprar lo producido por la vecina, darle una vuelta a usar lo que ya tenemos en vez de gastar dinero en el último modelo. Estas acciones nos van a permitir disminuir costos y hacer circular el efectivo, es la única manera. Y, por último, trabajar en procesos colectivos de sanación, volver a las cosmogonías, a las espiritualidades, porque la humanidad va a quedar arrasada y tenemos que pensar en cobijarnos entre nosotras.