N°13 año 2020

3 de noviembre

A 26 años del film Priscilla

Las aventuras de una feminista en el desierto

Relatar mi vivencia partiendo de una referencia audiovisual es estimulante e incluso útil
como punto de partida para pensar qué cosas han cambiado en el desierto australiano, del
que poco sabemos si no es por documentales o historias sobre animales e insectos
mortales. Lo primero que diré es que el desierto es todo menos lo que nos imaginamos que es.

Sofía Villalba Laborde

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Cuando se estrenó la película Las aventuras de Priscilla, reina del desierto en el año 1994, yo tenía apenas 4 años. La vi cuando ya me encontraba aquí, en el mismo lugar que los personajes y viviendo la experiencia más inesperada.


El filme es un interesante aporte audiovisual en relación a la lucha de las personas LGBT+. La historia transcurre en Australia, entre Sidney y el “outback” o desierto del Territorio del Norte. Los personajes son tres drag queens y la trama tiene que ver con sus trayectorias personales, con una permanente remisión a la discriminación, violencia y en particular a la exclusión por parte del entorno familiar que viven las personas dentro de este colectivo. Al igual que los personajes, atravesé la ruta Stuart Highway que une el Estado del Sur con el del Norte y crucé el país de punta a punta. Es una ruta donde predomina la aridez y las formaciones rocosas. El desierto australiano se caracteriza por la tierra color rojo, las altas temperaturas durante el día y las temperaturas bajo cero en el invierno. Sí, como bien muestra el film, es verdad que hay muchísimas, muchísimas moscas.


Entre una amplia variedad de reptiles y arácnidos, la ruta del desierto tiene algunos pequeños pueblos, comunidades y también los conocidos hoteles de ruta llamados en inglés “roadhouses”. Creo que uno de los sitios más impactantes es Coober Pedy, un pueblo construido de forma subterránea debido a las altas temperaturas, donde uno de los personajes vive una escena de violencia física.

Visibilizando estereotipos

 

Las tres drag queens aceptan el desafío de realizar su show en la ciudad del medio del desierto sabiendo que eso no sólo implica una travesía larga y árida sino también la posibilidad de que su show no sea aceptado por el público. Y es aquí donde me parece interesante detenerme y conversar sobre algunos estereotipos que atraviesan el filme. Mi primera observación al respecto tiene que ver con que la película muestra un claro contraste entre las mujeres y hombres de la ciudad y las personas que habitan el desierto. Es verdad que hay determinadas vivencias, lenguaje e incluso expresiones culturales que son particulares de esta región y no de las urbes, pero eso no significa que en el outback alguien tenga que vivir, necesariamente, más discriminación que en la ciudad.


Otro estereotipo es el de mostrar mujeres o identidades no hegemónicas viajando por largas rutas. El manejo de un automóvil, afrontar un accidente e incluso entrar a un bar a beber se muestra como un desafío para quienes optamos por la ruta del desierto. Lamentablemente, este estereotipo de la mujer que necesita ayuda si se le rompe el auto se mantiene vigente hasta el día de hoy en cualquier conversación cotidiana.


El tercer estereotipo -y el más preocupante- es la forma en que se muestran las poblaciones originarias. Esto no es algo propio de la película sino que existe a nivel general, y se trata de una romantización que sienta sus raíces en la discriminación e invisibilidad que estas personas han sufrido incluso en espacios institucionales.


En el Estado del Norte, un 35% de la población corresponde a los “Aboriginals” -su denominación en inglés-, que viven no sólo en la ciudad de Alice Springs sino también en comunidades de las zonas remotas y aisladas del desierto. Esta población ha tenido que sostener un estado de permanente lucha y resistencia por sus territorios, logrando recién en 1992 que fuera oficialmente derogado el principio “Terra nullius”, que establecía que el territorio australiano se encontraba desocupado cuando llegaron los británicos. Pero la población originaria ha sufrido un desplazamiento no sólo a nivel territorial. En el año 2007, durante el gobierno del Primer Ministro Kevin Rudd, fue presentada una disculpa nacional y al año siguiente una disculpa a las “generaciones robadas”, el secuestro masivo de bebés que tuvo lugar entre los años 1869 y 1976 por parte del gobierno australiano. No sólo en este film sino en varias expresiones audiovisuales y artísticas es posible notar la romanización de las poblaciones originarias, mostrando solamente la parte artística y cultural de sus comunidades. Se les representa casi exclusivamente realizando cantos que forman parte de su tradición, fogatas y danzas. Con esto no quiero decir que la película hubiera debido abordar esta problemática, pero quiero llamar la atención sobre lo llamativo y preocupante que es este patrón de abordaje de la vida de las poblaciones originarias, que se repite en todas partes del mundo, en todas las épocas.


Desde hace más de una década, el Estado australiano desarrolla políticas públicas en las comunidades, tales como la llamada “Intervención del territorio Norte” o la “Responsabilidad compartida”. Este tipo de intervenciones se presentan como urgentes debido a la desigualdad que vive esta población en términos educativos y de salud, que deriva en que sea necesario establecer restricciones en el consumo de alcohol y en el ingreso a determinados espacios recreativos, especialmente en aras de una protección de la infancia. Así, de las diversas formas de generar e implementar políticas públicas, la escogida por Australia es el tipo de política “desde arriba”, que no incluye en su diseño la voz de la propia población sobre la que será implementada. Esto da cuenta del paternalismo e indiferencia que siente el país hacia su propia población originaria, que se traduce en una vulneración de de los derechos humanos histórica y alarmante. Cuando pensamos en el concepto de desarrollo, es posible colocar a Australia dentro de la lista de países candidatos a cumplir con ese estándar. Sin embargo, debería realizarse urgente una revisión de lo que eso significa, ya que la forma de hacer política pública -en especial en torno a esta población- también debería formar parte de lo que se entiende como “desarrollo” a la hora de pensar en la organización de un país. El desarrollo no debería medirse solamente en términos económicos.

26 años y varios kilómetros más tarde

 

Terminar 26 años después, de forma inesperada, durmiendo en los mismos sitios que los personajes de la película -en el Hotel Lasseters, por ejemplo- me resultó emocionante pero, sobre todo, fue una experiencia que me interpeló mucho. Si el destino no me traía hasta aquí nunca hubiera tomado dimensión de la histórica y sostenida vulneración de derechos de la población originaria australiana.


El aislamiento del desierto es algo latente todos los días, que se acentúa cuando agarras la billetera y te das cuenta de que aquí el dinero no se usa en la cotidianeidad, porque el capitalismo no resiste con facilidad las altas temperaturas y la aridez del medio de la nada. Eso no es algo a lo que estemos acostumbradas. Cada noche, cuando las luces se apagan y se enciende el cielo, ver la vía láctea me recuerda dónde están las prioridades. Cada sitio considerado reserva natural tiene una mezcla de misterio geográfico con historia y espiritualidad; cada sitio sagrado conserva intacta una energía que se puede sentir, como en Devils Marbles cuando la caída del sol ilumina las formaciones rocosas y los “soñadores” que allí descansan se aprontan para la noche.


A 26 años de este filme, no tengo ninguna duda de que las situaciones de acoso, discriminación y violencia vividas por los personajes podrían repetirse hoy en día. Pero eso no pasa sólo en el desierto: esa es la parte más interesante. Priscilla es una película que muestra, con un tinte estereotipado, lo antagónico de la ciudad con el outback. Pero es un relato bastante fiel sobre el derecho a ser quienes somos y a transitar las rutas que queramos. 


Las mujeres y disidencias sexuales y de género podemos viajar solas, podemos arreglar autos que se rompen en la ruta, podemos entrar en un bar en el medio del desierto a tomarnos una cerveza aunque, 26 años más tarde, nos sigan mirando dos veces cuando nos ven llegar.