N°11 año 2020

31 de marzo

Paraguay

Las luchas de las mujeres indígenas

que son lideresas comunitarias

Fátima E. Rodríguez

Cuando sus primos alquilaron las tierras de la comunidad, a Gabina González la corrieron y le dieron una paliza por oponerse. Sus familiares, que eran las autoridades, habían tomado la decisión. Después de dos años regresó y se convirtió en lideresa de su comunidad, Tovatîry, en el departamento de Caaguazú. Gabina es del pueblo Mbya Guaraní y, junto con otras 20 familias, está en proceso de recuperación de las 100 hectáreas que pertenecen a su comunidad.

Jacinta Pereira Hicret es del Pueblo Sanapaná. Se convirtió en lideresa de la comunidad Redención o “Yesoal Sectema”, en el Departamento de Concepción, cuando la policía detuvo sin motivos a un líder indígena y ella desafió a la policía en plena calle. “Hice que lo bajaran de nuevo. Los interpelé y les exigí el portanombre. Llamé a una persona y pedí que anotaran sus nombres, que bajaran a mi líder y que me llevaran a mí”. Este episodio sirvió para que la comunidad la eligiera como lideresa.

“Mujeres indígenas y política. Quise voz porque las mujeres indígenas no tenían voces” es una publicación de Lilian Soto para ONU Mujeres Paraguay que recoge la situación actual del liderazgo de las mujeres indígenas en este país. Uno de los datos más reveladores de la investigación es que, de acuerdo a los datos del Instituto Nacional del Indígena (INDI), en 624 comunidades reconocidas en todo el territorio nacional sólo hay 79 mujeres como líderes, frente a 1290 varones. Allí también aparecen las historias de Gabina González y Jacinta Pereira.

Jacinta y Gabina participan activamente en la Articulación Mujeres Indígenas de Paraguay (MIPY), un espacio que las mujeres indígenas vienen construyendo. En los últimos meses, MIPY ha colocado en la agenda pública la problemática de la violencia hacia los pueblos indígenas y, en particular, hacia las mujeres indígenas, luego de varios hechos. A mediados de diciembre de 2019 mataron a un indígena indigente desde un automóvil y no se encontró pistas del autor. Semanas después, en enero de 2020, se encontró a una niña maniatada y encerrada en un edificio abandonado del centro de Asunción, con signos de haber sufrido violencia sexual. A fines de febrero, otra niña fue encontrada asesinada en una mochila en las cercanías de la terminal de ómnibus. MIPY considera que estas muertes no son casualidades y denuncia el desplazamiento indígena forzado como un factor que expone a las mujeres y niñas indígenas a la violencia, y también denuncia la violencia hacia las mujeres dentro de las propias comunidades.

“Exigimos que busquen las soluciones para que nuestras hermanas y nuestras niñas no tengan que ir a las ciudades a deambular por las calles y los parques, expuestas a criminales, pedófilos, violadores. Este desplazamiento forzado que las expone a la violencia en las ciudades es consecuencia de la invasión y la destrucción de nuestros territorios y del avance de quienes se apropian de nuestras tierras para obtener cada vez más ganancias sobre nuestras desgracias, profundizando la pobreza y la miseria en la que nos encontramos; incluso, en algunas comunidades, con la complicidad de algunos líderes masculinos. También queremos decir que lo que hoy sucede en Asunción y otras ciudades es solo una parte de la violencia hacia las mujeres indígenas pues también en nuestras comunidades las mujeres estamos siendo violentadas. En muchos casos esto sucede bajo la justificación de que son ‘prácticas culturales’ como la ‘desfloración’ de las adolescentes, o el sometimiento de las mujeres a los liderazgos masculinos. Esta violencia intracomunidades está invisibilizada y además se consolida con la presencia de grupos religiosos que buscan mantener y consolidar la subordinación de las mujeres”, dice uno de los comunicados de MIPY.

En las esquinas de las calles de Asunción, la capital de Paraguay, hay niñas y niños, mujeres y varones indígenas viviendo en situación de calle. Mientras tanto, miles de familias resisten en las comunidades a pesar del abandono, los asedios y los acosos para expulsarlos de sus tierras, mediante actos de corrupción y la reventa de sus títulos de tierra.

El bosque: el supermercado que va quedando vacío

Los indígenas en Paraguay representan el 1,8% de la población total. Según el Censo Indígena de 2012, 117.150 personas indígenas habitan en este país. Existen 19 pueblos que pertenecen a cinco grupos lingüísticos. Jacinta explica que, para muchos de estos 19 pueblos, el bosque sigue siendo el “supermercado” donde encuentran sus alimentos, pero que no es el caso de quienes han ido desplazándose hacia las ciudades. Su comunidad, por ejemplo, es urbana y queda en Concepción, es una ciudad bordeada por el Río Paraguay. Sus habitantes se dedican a la pesca, a las changas, a los trabajos en servicios y en establecimientos ganaderos y de agricultura. Allí, al borde de la ciudad, viven en su comunidad personas de al menos siete pueblos y culturas distintas.

Gabina ha participado de procesos de formación con la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (CONAMURI) durante 15 años. Nunca habló en un acto de más de 50 personas (quizá porque solo habla guaraní) y en su comunidad la respetan. Ha logrado desalquilar y recuperar las tierras; también que las familias tengan vacas, produzcan y trabajen sus tierras. “Los bosques, los estamos recuperando de a poco. En nuestro monte ya no hay quien tumbe árboles ni quien alquile tierras”, dice. Pero el principal desafío es comer todos los días. En CONAMURI aprendió que hay que guardar las semillas y que la soberanía alimentaria tiene que ver con producir lo que se come.

“Las mujeres despertamos”

Cuando Gabina regresó a su comunidad, no aspiraba a ser lideresa. Es más, su hijo era el candidato que disputaría con su primo, pero las señoras de la comunidad impulsaron su candidatura, hicieron un acta y la votaron, aunque, como era esperable, las críticas no faltaron. “Ahora todas estamos despiertas, antes se tenían roles, la mujer era solo para la casa. Antes solían decir ‘Ella sale y solo hace tonterías’. Ahora eso ya no se dice. Las mujeres estamos despertando gracias a los encuentros, allí nos escuchamos”, dice Gabina.

Jacinta Pereira Hicret estudia en la universidad. Está en segundo año de trabajo social en la Universidad Nacional de Concepción y también es perito del Poder Judicial para las leyes consuetudinarias. A menudo visita las cárceles para saber de los y las indígenas en situación de encierro y la llaman cuando hay un conflicto en otra comunidad para buscar una solución, mediante la interpretación de las leyes. Jacinta habla un español fluido y su idioma sanapaná. Tiene fotos con presidentes de Paraguay de la última década: con Fernando Lugo, con Horacio Cartes y con Mario Abdo y a menudo, en el departamento de Concepción, las autoridades dicen “Háke ou ña Jacinta”/ “Cuidado que viene Doña Jacinta”, porque ha perdido el miedo de hablar. “No importa cómo estoy vestida, yo llego a donde tengo que llegar, si tengo que llegar a hablar con alguna autoridad”, dice.

Los cargos formales

El estudio “Mujeres indígenas y política. Quise voz, porque las mujeres indígenas no tenían voces” también recoge datos sobre los cargos electivos y señala que en el periodo municipal 2010-2015, cuatro mujeres indígenas habían alcanzado espacios de representación municipal en municipios chaqueños: Teresita Santacruz en Filadelfia, María de las Nieves Díaz en Mariscal Estigarribia, Jorgelina Chepe en Teniente Irala Fernández y Zulma Suárez en Puerto Casado.

“Las elecciones municipales de 2015 produjeron como resultado una disminución de la presencia de mujeres indígenas como concejalas, ya que solo una ingresó a la Junta Municipal de Filadelfia: Daniela Centurión, candidatada por la ANR. Esta disminución indica que son necesarias acciones específicas para sostener los liderazgos de las mujeres pues, aunque logren alcanzar espacios, no se sostienen en ellos”, concluye el estudio.

Permanecer en la comunidad y reinventarse son los grandes desafíos para las lideresas indígenas: encontrar un modo de seguir viviendo la cultura y a la vez integrarse. Están seguras de que eso es inevitable porque saben, como lo expresa Jacinta, que los bosques, “ese supermercado donde antes se encontraba todo ya no existe y hay que encontrar otras maneras de vivir”.

[1] Se refiere al Foro paralelo de la sociedad civil organizada.