N°12 año 2020

28 de junio

Las cartas que van y vienen en una cárcel de Chile

Queridas mujeres

 

 

 

Florencia Pagola

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En Santiago de Chile, hay una cárcel a la que llegan cientos de cartas, desde muy lejos y desde muy cerca. Hay quienes sí quieren saber cómo son sus días durante la pandemia. Una profesora de literatura cuenta que en las cárceles la carta todavía es un medio de comunicación importante y que las mujeres tienen miedo de morir allí sin poder ver a sus hijos e hijas. Y puede que estas cartas sean su mayor compañía. 

Cuando empezaban a confirmarse los primeros casos de covid-19 en Chile, las mujeres privadas de libertad en el Centro Penitenciario Femenino Santiago (CPF) no podían hacer más que consolarse entre ellas. Les cancelaron las visitas, las actividades recreativas y la escuela. Son más de 600 mujeres y les aterra contagiarse porque conviven en un espacio con pocas posibilidades de distanciamiento físico. A principios de abril, el virus se propagaba como reguero de pólvora en la vecina cárcel para hombres Puente Alto –una de las cárceles más afectadas en Santiago por la emergencia sanitaria–. La ansiedad y el encierro se duplicaron cuando empezaron a ver a sus hijos e hijas solo en pantallas, y cuando podían.

Fue Paulina Vergara Almarza (la profe de literatura que enseña a las mujeres privadas de libertad a escribir cuentos, relatos y cartas; la licenciada en lengua y literatura hispánica; la mujer de pelo corto, cejas amplias, y ojos vidriosos cuando cuenta por lo que están pasando sus alumnas; la “única sobreviviente” según ellas, la única que las visita) la que siguió yendo cada viernes al CPF. Y la que decidió continuar, de alguna forma, con las actividades literarias que dirige allí desde el 2016.

Utilizó las redes sociales para invitar a quien quisiera a escribirle una carta a las mujeres en la cárcel. La espera duró poco: entre fines de abril y principios de mayo, Paulina recibió unas 250 cartas y aún sigue contando. “Pensé que iban a escribir solo mis amigas, las que tienen intereses sociales, pero llegaron cartas de todas partes: México, Colombia, Bélgica, Polonia, Argentina, de chilenos que están fuera... lugares realmente lejanos. Aún me siguen llegando cartas”, cuenta con sorpresa a través de una pantalla.

 

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Hola Manzanita: ¿Cómo van las cosas: el ánimo, los días...? Cuéntame, ¿qué actividad es la que más te gusta realizar? o ¿cuál te gustaría hacer? Fue una sorpresa muy bonita recibir tu respuesta... creo que ahora seremos amigas de correspondencia. ¡Nunca lo imaginé! :) (...) Escribirte me hace pensar mucho en ¿cómo viven? y las necesidades que tienen... Hasta pronto, un abrazo. Maca

 

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Paulina recibe las cartas en su correo electrónico, las imprime, las lleva al CPF; va patio por patio entregando cartas y hojas y lápices para volverse con las respuestas, a las que le saca foto y envía por correo. Dice que su casa está tomada por las cartas: las tiene en montoncitos, en carpetas, con colores. Dentro del CPF están participando del intercambio unas 40 mujeres, “algunas muy comprometidas, que cada viernes tienen su respuesta y me piden más cartas para tener correspondencia con dos o tres personas. Y otras se olvidan, y su respuesta es cada dos semanas”, explica.

 

Lo curioso es que rápidamente se formaron duplas que se animaron a seguir escribiéndose. Paulina destaca que “para cada pareja que se arma hay un encuentro de dos mundos que no se habría dado de otra manera”. Dice que “hay cartas políticas; otras super narrativas con cuentos, historias, poemas, y que hay gente que cuenta sus problemas a la primera”. Y lo que es fundamental: “casi todas son de una profunda solidaridad y de no juzgar a la otra”.

Ella está convencida de que este ejercicio “puede ayudar a la percepción que se tiene fuera de la cárcel sobre quienes están dentro de la cárcel”. “Sobre todo a descubrir la subjetividad de estas personas: sí, robó, pero no necesariamente lo va a hacer toda su vida. También ama, sufre, tiene sueños, y en general, un pasado bastante desafortunado que tiene que ver con las causas por las que las mujeres van a la prisión en nuestro país”.

 

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Hola guachita, espero dentro de todo que esti [sic] bien. El otoño hace caer las hojas secas de los árboles. El sol ya no calienta como antes. La pena y el miedo gobiernan corazones vacíos. Y ayer miré un ratón subir y perderse en el entretecho. Quebré la tele y comencé a soñar, soñé que volaba. Y tú ¿qué soñaste la última vez? Respira lento, respiro lento. Te quiero.

 

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Al momento, en el CPF tienen la expansión del virus controlada, aunque no saben qué va a pasar. Y si bien ya no sienten miedo al contagio, el hastío del encierro y la falta de actividades pesa más que nunca. Repiten y escriben “Sikosia” por todas partes, ese término que usan para quienes ya no están aguantando el encierro.

 

Uno de los primeros viernes de recibir cartas, una chica le dijo a Paulina que la esperara, que en seguida quería contestar. “Le contó a la otra persona que ya había dos gendarmes contagiadas y que ella estaba preocupada por su hijo; tenía miedo de salir muerta de la cárcel. Inmediatamente tuvo la necesidad de escribirlo”, afirma Paulina contra la pantalla, como si la chica le hubiese pasado toda su urgencia.

 

Según ella, las mujeres en la cárcel tienen mucho entusiasmo con las cartas porque pueden comunicarse con personas desconocidas y además, reflexionar consigo mismas: “la carta permite que te sustraigas de tu entorno para contarle a la otra persona quién sos, ordenar tus ideas, reflexionar acerca de cómo te vas a presentar. Ahí aparece tu situación actual, tus planes, tus sueños, qué vas a hacer cuando salgas. Eso queda escrito”. “El primer destinatario de una carta es el propio autor”, decía el escritor Pedro Salinas. 

 

Pero las cartas también son muy importantes para las personas privadas de libertad, cuando se trata de acercarse a su mundo afectivo. La profesora es consciente de la vigencia del género epistolar en las cárceles, por lo que intenta potenciar este diálogo buscando “otras formas de decir más, sobre todo cuando hay relaciones que están muy destrozadas”. Y dice: “que una madre tome la decisión de escribir una carta y la entregue, da fe que esa madre –ausente durante el crecimiento de sus hijos– estuvo pensando en ellos. Es una prueba de que así fue”.

 

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Reencuentro

 

Querido cuento*, las circunstancias de la cárcel nos separaron; no era fácil atenderte con el soundtrack de los insultos y el zumbido de las mujeres esquizofrénicas. Sin embargo, me esperaste, y con la narración pude mirarme en el espejo de los once años y encontrar a mi padre en la magia del pasado. Te conté que él partió de este mundo. Aparecieron pequeños pasos míos, conversaciones y caminatas perfumadas con mar y sal. La mano, la mano grande que tomaba la mía. Gracias a tu creación visité esa niñez olvidada, hermosa como los dedos de mi madre entrelazando mis trenzas.

 

Paola Romano, 50 años, San Joaquín.

 

* [Texto escrito por una participante del taller literario en el CPF y que recibió una mención honrosa en el concurso literario Santiago en cien palabras, 2020].

 

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“Una de las chicas me preguntó: ‘oiga profe: ¿estas cartas son de verdad o las escribió usted?’”, cuenta Paulina entre risitas benévolas. A las mujeres privadas de libertad del CPF Santiago, se les hace difícil creer que allá afuera, en países lejanos, hay gente –más del 90% de las remitentes son mujeres– que quiere saber de ellas, conversar con ellas. Esta desconfianza no es extraña si revisamos las estadísticas relacionadas con mujeres privadas de libertad en Chile y la región.

 

Según el estudio “Encarcelamiento femenino en Chile. Calidad de la vida penitenciaria y necesidades de intervención”, el 45% de las mujeres privadas de libertad en el país han sufrido violencia intrafamiliar y el 26% abuso sexual en la infancia o la adolescencia. Estas mujeres ven la separación de sus hijos e hijas por el encarcelamiento como el mayor dolor que puedan vivir, el 89% son madres. La cárcel se les presenta como el último estadio de exclusión y desventaja acumulada, y muchas coinciden en el abuso de sustancias y en las conductas autodestructivas.

 

En Chile –y la región– el 8% de la población total en cárceles son mujeres, porcentaje que creció aceleradamente en los últimos años. En su mayoría, las causas se relacionan con delitos menores o con la distribución de drogas a pequeña escala. Una actividad que es el sustento económico de familias precarizadas, en las que ellas son las cabezas y las encargadas de los cuidados.

 

Cuando entran a la cárcel, sufren el abandono de sus redes de apoyo; y son menos visitadas por sus parejas –o simplemente abandonadas–, que los hombres también presos. Y luego de que el paso por la cárcel machacó sus vínculos familiares, la dignidad y la confianza en ellas mismas, salir a buscar un trabajo legal con una mochila de estigmas y exclusión para muchas es imposible.

 

Entonces sí, ser mujer en una cárcel y recibir una carta de una desconocida en medio de una pandemia parece ficción, pero no lo es, está sucediendo.