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Anamaría Cofiño K.,

Guatemala

Mujeres en las narcoelecciones

Vistas desde lejos, las elecciones guatemaltecas a realizarse en junio de este año, parecerían cómicas. Los más de 25 partidos políticos tradicionales, organizaciones de corte caudillista caracterizadas por prácticas delincuenciales, son incapaces de generar un discurso articulado y más aun de presentar un programa viable. Sus estribillos de campaña se basan en el fortalecimiento de la familia patriarcal, la
instauración de la pena de muerte y la seguridad legal para la industria extractivista.


Observar a muchos de quienes compiten por administrar las instituciones del Estado da pena: unos bailan, muchos rezan, otros ofrecen lo imposible y no falta quienes amenacen con la idea de sacar el ejército a las calles. Ex convictos, traficantes, tránsfugas, estafadores, negociantes y todo tipo de mafiosos, entre ellos, algunos militares señalados de cometer delitos varios; parientes y amistades de ex
funcionarios, viejos carcamanes y doñitas autoritarias, hijos de papi, transas del congreso y demás engendros presentaron sus postulaciones como candidatas/os a alcaldías, diputaciones y hasta para la presidencia. Sus hojas de vida profesional son limitadas y la idoneidad para ejercer los cargos, inexistente.


En las antípodas, están las propuestas de grupos políticos surgidos de organizaciones revolucionarias, socialdemócratas, indígenas y campesinas, que hoy participan –algunas por primera vez– en elecciones nacionales: Semilla y Movimiento por la Liberación de los Pueblos (MLP) son, para la derecha seguidora de la clase criolla, la encarnación del comunismo y del diablo. Sus candidatas son dos mujeres con el mismo nombre y con distintas trayectorias y propuestas, respectivamente: Thelma Aldana, de derecha progresista, quien, se asume, contará con el apoyo de la embajada norteamericana y de sectores de las capas medias urbanas; y Thelma Cabrera, que se presenta con el sustento de un sector del movimiento campesino donde ella se ha forjado, quizá cuente con apoyo de los pueblos, y los votos de la minoritaria y dividida izquierda radical.


Desde aquí, vemos con zozobra que la mayoría de esas organizaciones politiqueras son la viva representación de la cultura de impunidad que se ha venido extendiendo por toda la sociedad, con sus expresiones de mediocridad, corrupción y violencia, todo ello bajo el milagroso manto de la fe. Sumado a eso, el Tribunal Supremo Electoral (TSE), órgano que debería garantizar el cumplimiento de las leyes, también ha dado muestras de corrupción e ineficiencia, inscribiendo a individuos señalados de varios impedimentos.

La reciente captura en Estados Unidos de Mario Estrada, acusado de contratar sicarios para eliminar opositores, y candidato a la presidencia por la UCN (Unión del Cambio Nacional), partido de narcoderecha, evidencia que el TSE es una institución más del Estado cooptada por las mafias, donde encontramos honrosas excepciones, como la de la licenciada María Eugenia Mijangos, colega feminista quien desde el TSE ha luchado contra la corrupción del proceso, denunciando la persecución política y las malas prácticas dentro de la institución.

En medio de semejante panorama, donde el machismo se exhibe ostentosamente, se destaca la presencia de muchas mujeres: aspirantes a presidencia y vicepresidencia, a curules parlamentarias y a alcaldías municipales. A la fecha, el TSE no ofrece cifras definitivas sobre mujeres candidatas, pero es notorio que son numerosas las que aparecerán en las boletas, aunque no en los lugares ganadores. Dado que el padrón electoral muestra una mayor cantidad de mujeres inscritas como votantes o elegibles (53.7%), se podría pensar que eso podría definir el rumbo del país, pero no es tan sencillo.


Las mujeres en Guatemala son las más pobres, las que tienen menos acceso a la educación, y las que corren más riesgos de violencia desde la infancia hasta la vejez. La mayoría son indígenas de distintas etnias; también hay xinkas, afrodescendientes, garífunas, mestizas de diversas proveniencias y clases, con distintos pareceres y condiciones. Las religiones han hecho presas de muchas, y quienes se inclinan por la izquierda, enfrentan su lamentable fragmentación. Entre las feministas hay quienes rechazan rotundamente los procesos electorales por considerarlos excluyentes, y quienes apuestan a él para involucrarse e intentar las transformaciones, a partir de lo que hay. No tenemos acuerdos en este sentido; muchas vivimos las elecciones como momentos de ruptura con nuestros propios proyectos.


Como ha sucedido en varios contextos, las luchas feministas le han allanado los caminos a otras que no tienen interés en promover los derechos de las mujeres. De esa cuenta encontramos a hermanas, esposas, hijas, novias de ex funcionarios corruptos, pretendiendo ocupar casillas en las boletas electorales. Los casos más conocidos son el de la ex diputada Zury Ríos, quien tiene prohibición constitucional de participar por ser hija del golpista y genocida Efraín Ríos Montt y el de Sandra Torres, ex esposa del ex presidente Álvaro Colom, sujeto a proceso por defraudar al Estado; Torres ha tejido una red clientelar de apoyo considerable, junto a personajes vinculados al narcotráfico que le proveen recursos para alcanzar el poder. Ambas tienen aspiraciones presidenciales y están tratando de retorcer las leyes a su favor. La presencia de tantas mujeres conservadoras se explica porque el sistema patriarcal aprueba, bendice y postula a las que le son funcionales, obedientes a sus mandatos y, revistiéndolas de un poder asignado, las convierte en sus fieles pilares y reproductoras.


Que en un país machista y racista como éste haya varias mujeres indígenas inscritas para ser candidatas a distintos cargos es, sin duda, importante. Menciono algunas: Blanca Estela Colop y Liliana Hernández, corriendo para la vicepresidencia con organizaciones de izquierda, ambas profesionales de reconocida trayectoria; Bibiana Ramírez, Rutilia Ical para diputaciones, María Caal, para la alcaldía de Santa María Cahabón y Thelma Cabrera, campesina de la etnia mam, en campaña para la presidencia de la república, con un planteamiento de refundación del Estado. Aunque desconfiemos de los partidos que las postulan, creemos que muchas de ellas podrían
ejercer sus cargos con dignidad, al igual que otras ladinas que se han lanzado al ruedo.

Algunas feministas apoyan la candidatura de Thelma Aldana, abogada y ex Fiscal General de la República, protagonista de los avances empujados por la CICIG (Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala) que puso ante la justicia a varias bandas criminales y tiene en la cárcel al expresidente y exvicepresidenta del régimen anterior. Sin duda, es una figura central del tablero: el empresariado no la apoya porque sabe que podría dirigir varias causas en su contra y destapar el pozo sin fondo de su histórica corrupción. Hasta hoy, distintos grupos de derecha le siguen obstaculizando la inscripción como candidata a la presidencia, anteponiendo recursos legales en su contra, esgrimiendo un amplio y absurdo abanico de causas.

Thelma Cabrera, por otra parte, es una dirigente campesina mam que ha participado en cientos de asambleas populares en las que fue electa como representante del MLP para competir por la presidencia. En los últimos días, un abogado de origen español, ligado a empresas que están despojando a los pueblos de sus ríos para construir megahidroeléctricas, pretendió impugnar su candidatura. Hasta hoy no sabemos qué resultado tuvo su gestión. Thelma Cabrera continúa caminando por aldeas, pueblos y caseríos, a pesar de que varios integrantes de su organización han sido asesinados con impunidad. Algunas feministas la apoyan por su propuesta de construir un Estado
pluricultural, popular, incluyente. Otras cuestionan sus planteamientos respecto a las mujeres porque, desde sus perspectivas, pueden parecer conservadores. En todo caso, su candidatura es excepcional, aunque no sea la primera, puesto que Rigoberta Menchú participó antes, también compitiendo para dicho cargo.


Finalmente, es necesario agregar que hay mujeres jóvenes que se han postulado como candidatas desde su deseo por transformar las injusticias. Aunque las estructuras políticas siguen siendo jerárquicas, colonialistas, misóginas, al igual que quienes las integran, algunas valientes se adentran en ese campo, con la creencia de que pueden contribuir a construir otra sociedad desde estructuras nuevas. Allí, por ejemplo, está Lucrecia Hernández Mack, candidata a diputada nacional por Semilla, salubrista, ex Ministra de Salud, representa a la generación que hoy se involucra en la política, aun sabiendo lo sucia que es.

En lo personal, considero que el sistema de partidos políticos guatemalteco está penetrado por los grupos de la impunidad, y eso dificulta una participación en condiciones de igualdad. Pero la historia nos ha mostrado que los cambios pueden venir desde donde menos los esperamos. Es una responsabilidad votar por alguien, significa darle poder, otorgarle representación. Hoy, que termino este artículo, nada
está claro, las candidaturas están en la cuerda floja, el mismo proceso puede que peligre. De lo que sí estoy segura es que el domingo de las elecciones, por primera vez en la vida, voy a marcar al menos unas casillas, votando por mujeres en quienes depositaré mi confianza.


Aldea Tzununá, Sololá, Guatemala,
20 de abril de 2019