N°13 año 2020

3 de noviembre

Mujeres Perdidas en la sexualidad

 

 

Ingrid Cárdenas Rodríguez

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Soy una mujer que nació en 1990. Crecí en la ciudad de Bogotá acompañada de una familia numerosa, de criterios políticos y socio-económicos diversos, pero muy conservadora en su educación. En el mismo año que yo, nacieron cinco primos con los cuales crecí y compartí muchos momentos de mi infancia. Éramos como hermanitos, amigos y vecinos; dos hombres y el resto mujeres. La diversidad de la que hablo hace referencia a diferentes formas de pensar, de actuar y de ver la vida.


Cuando nos reuníamos todos en las festividades típicas de Colombia (en primeras comuniones, quince años, matrimonios, navidades, etc.), lográbamos ser casi cien personas en un solo lugar, lo que da una pequeña muestra de la sociedad colombiana en la capital, con todos sus matices, sus arribismos, sus diferencias políticas, sociales, económicas y demás. Todo eso ha llenado mi historia de encuentros y desencuentros familiares.


De los primos nacidos en 1990, yo siempre fui la “menos desarrolladita”, la que aprendió a bailar tarde, la que no tenía novio en las fiestas de quince años, la que tenía una fisonomía menos voluptuosa, entre otros detalles estéticos y superficiales que hoy sé que no tienen relevancia y que en mi infancia y adolescencia no me generaron mayor inconveniente ya que mi núcleo familiar era sobre protector y generaba una burbuja, donde yo era el centro de atención. Eso, de algún modo, impidió que esos detalles externos me afectaran drásticamente. Mi madre y mi padre fueron muy pedagógicos en la crianza; tengo un hermano menor y nunca se nos asignó roles de género en las dinámicas de la casa ni hubo comentarios machistas de ninguna índole. De hecho, fortalecieron mucho nuestras personalidades y criterios, recalcando siempre el respeto hacia nosotros mismos, hacia nuestros cuerpos y evitando mensajes misóginos, homofóbicos o patriarcales.


Tuve una infancia y adolescencia maravillosa, fueron años inolvidables, llenos de amor, felicidad y familia. Sin embargo, a mis 19 años, sentí una gran necesidad de explorar mi vida sexual. Aún era “virgen”, a diferencia de mis primas o amigas contemporáneas, asociado a que mi desarrollo físico y menstrual se dio tardíamente. En esta época decidí por cuenta propia explorar mi sexualidad, pero no sabía cómo hacerlo y no quería comentarlo con mis padres, aunque la relación era de confianza. Si bien no eran tan conservadores, existía la idea de la virginidad como algo que se debía “cuidar” o en todo caso, debía ser responsable en decidir con qué persona quería tener mi primera experiencia. Esto era recurrente en nuestras conversaciones.


La idea de “virginidad” sigue estando muy asociada a una santidad religiosa que nos hace sentir culpables o “pecadoras” cuando queremos explorarla para reconocer nuestro cuerpo y sentir el propio placer. A esa edad yo ya me masturbaba, por lo tanto, el reconocer mi cuerpo y mi placer no era tan difícil. Lo que me generaba curiosidad era compartir estas experiencias con otra persona. Aun no había tenido un novio, y quería relacionar mi sexualidad con el amor (porque así te lo enseñan las películas). Tampoco era de las más mojigatas del colegio, por lo tanto había aprendido a besar, gracias a los juegos de infancia que tienen un poco de morbo como es el “pico/botella” (coges una botella la giras y se deben besar las personas ubicadas en cada extremo), experiencias que me ayudaron a tener criterios de selección de acuerdo a mis gustos: pude definir para mí quién besaba feo y quién no, y cómo quería besar yo de acuerdo a los azares de estos juegos adolescentes.

Aquí es donde me empiezo a identificar como una mujer perdida, perdida en la sexualidad. Tenía un gran deseo de explorar mi sexualidad con otro cuerpo, pero no sabía cómo hacerlo, no sabía seducir, hasta que logré convencer a un gran amigo para que estuviera conmigo en mi exploración sexual. Él ya tenía experiencia, pero no quería explorar la sexualidad conmigo, porque me veía como una hermanita. Fue difícil convencerlo, pero luego miles de dudas llegaron a mí. Empecé a preguntarme ¿por qué tengo qué convencerlo? Luego: ¿la atracción sexual no se da de manera natural? ¿Será que el hecho de que yo sea persuasiva con mi amigo para lograr mi exploración forzará el momento y hará que sea menos agradable? Pero todas esas dudas pasaron a un segundo plano ya que mi objetivo principal era tener sexo.


Tuvimos una larga charla sobre las relaciones sentimentales, expresé que mi necesidad no era tener específicamente un novio y tampoco significaba que estuviera enamorada de él, porque mi interés más allá del noviazgo y del amor, era la sexualidad y el deseo. Mi amigo, un hombre lindo, de buenos sentimientos y gran amor, accedió a esta concertación mutua. Realizamos un ritual algo romántico para lograr que yo me sintiera bien. Después de esto pensé que me iba a enamorar de él (muchas amigas de mi edad y mis primas decían que se enamoraban de su primera pareja sexual). A mí eso no me pasó, quizás no me enamoré de mi amigo porque mi interés no era el amor sino la sexualidad.


Luego tuve nuevas experiencias sexuales y amorosas. Me enamoré, me enamoré muchas veces. Sin embargo, con el tiempo descubrí que muchos de los hombres que conocía eran menos cuidadosos y menos amorosos de lo que pensaba, y tenían una idea de sexualidad basada en su propia satisfacción. Esto me desanimó. En algunos casos sentía culpa o que no era tan sensual o que mi cuerpo y mi expresión sexual no era suficiente. Es terrible cómo el egoísmo de los hombres afecta directamente a las mujeres. La violencia psicológica relacionada con la sexualidad genera inseguridades físicas y emocionales. En 2016 conocí un hombre que hacía parte de un proceso de comunicación popular, un hombre que no muy atractivo pero que a mí me atraía.


Le conté a mis amigos más cercanos que tenía ganas de acercarme a él, para saber si me gustaba o era sólo una curiosidad sexual. Yo, como siempre, tomé la iniciativa para coquetearle, a lo que respondió de manera positiva y prontamente logramos tener un momento de intimidad juntos. Mis expectativas no eran muy altas, sin embargo, fue el momento más decepcionante de mi vida. Desde ese momento aquel hombre para mí es renombrado como el “sin pene”; lo que más me decepcionó es que por estar pendiente de su propia satisfacción sexual nunca sentí su sexo, nunca me quitó la ropa y nunca despertó en mí el deseo. Fue la experiencia más horrible de mi vida, por lo que decidí anularla de mi mente.


Me sentía mal con mi cuerpo, creía que nunca jamás iba a volver a disfrutar de la sexualidad, que mi vagina estaba muy grande y que no volvería a sentir placer. La única alternativa que vi en ese momento fue tomar la actitud del olvido, del borrón y cuenta nueva. Como era de esperarse, aquel sujeto intentó buscar un nuevo encuentro íntimo, a lo que respondí respetuosamente, que no. No fui capaz de expresarle que fue mi peor experiencia, para no hacerlo sentir mal. Nosotras pensamos en ellos más que en nosotras mismas, por eso tratamos de no herirlos, de tener tacto para decir o hacer las cosas. Grave error, debí ser sincera, decirle que era la peor persona en la intimidad, que era muy egoísta y que debía replantearse cómo se estaba relacionando con las mujeres. Tristemente eso no ocurrió: fui sumisa y respetuosa hasta llegar al punto de ser cordial.


Al ofrecerle posteriormente mi amistad pero negándome a un nuevo acercamiento sexual, este hombre “Sin pene” tomó una actitud que me parecía molesta ya que intentaba acercarse a mí hablando mal de su ex pareja, haciéndose la víctima de los tratos que ella le daba y nombrándome otras mujeres con las que salía. Yo trataba de aconsejarle que intentara hablar con ella, que quizás debería alejarse un tiempo y otras recomendaciones que ya no recuerdo con claridad. Así pasaron cuatro meses, no volví a tener ningún acercamiento con él y procuraba evitar los espacios comunes. Seguíamos hablando, pero por chat. Así, mi vida siguió, conocí a otra persona, un chico joven que me hizo volver a sentir deseo y disfrutar de mi cuerpo, me hizo re-encontrarme con mi sexualidad (ahí supe que mi vagina no era grande sino que faltaba estímulo y una persona que no pensara sólo en su satisfacción personal. Fue maravilloso y fui muy feliz.

Ser una mujer perdida en la sexualidad me permitió aprender de los malos hombres, de las malas experiencias, de los egoísmos sexuales, del poder patriarcal en la sexualidad, pero me permitió aprender sobre el placer y específicamente sobre mi propio placer, sobre mi cuerpo, mi deseo y lo importante que son esos elementos para nosotras, las mujeres. Después de esta experiencia traumática fortalecí mis redes de apoyo, me re-encontré con mis amigas, compartimos experiencias, muchas de ellas muy malas y tristes. Las mujeres hemos sufrido mucho desde lo emocional, lo afectivo y lo sexual, por lo tanto es importante escucharnos, encontrarnos y apoyarnos para hacernos fuertes todas. Aún la sexualidad tiene muchos tabúes y limitaciones para las mujeres, sin distinción de edad o estrato socio-económico; aún la sociedad nos juzga por tomar las riendas de nuestra exploración sexual y los hombres siguen teniendo el privilegio social y la legitimidad que justifica su mal comportamiento y su irresponsabilidad emocional y sexual, les permite ser malos amantes, malos esposos, malos compañeros, malos hermanos, malos hijos, y seguimos nosotras cargando el peso de esas culpas ajenas, seguimos siendo perseguidas, señaladas, maltratadas, violadas y asesinadas.


Fui una mujer perdida en la sexualidad, en una sexualidad que se rige por un modelo patriarcal y machista, perdida en una sociedad que no enseña a explorar, a cuidar y a consentir el cuerpo propio, en un contexto donde se les permite a los hombres ser violentos, mediocres y egoístas en sus relaciones y con sus compañeras. Es por esto, que debemos de-construir la idea de la sexualidad asociada a lo pulcro o relacionada a la santidad, debemos transformar estos criterios hacia la exploración del placer y el deseo de nuestros cuerpos en constante interacción y relación con los otros.