Laura Leonelli Morey

Norma Sanchís: “Si la inclusión de las mujeres es desigual, polarizadora e inequitativa, no queremos la inclusión”

Histórica del feminismo en Argentina, Norma Sanchís es compiladora del libro América Latina: una mirada feminista sobre una región convulsionada, en el que diversas autoras exploran la relación entre el capitalismo y el patriarcado.

La nueva ola de los feminismos en América Latina forjó sus cimientos hace décadas, y su genealogía ayuda a comprender la vitalidad e la intensidad del movimiento. La argentina Norma Sanchís, como parte de la Red de Género y Comercio, es impulsora de temas que integran el núcleo duro de las desigualdades pero que, incluso dentro del movimiento, no suele ser comprendido en su complejidad: la justicia económica; los efectos diferenciales de las políticas económicas y los acuerdos comerciales; los intereses que motorizan las corporaciones transnacionales y otros actores económicos y sociales en la región. En esta línea, la Red editó recientemente el libro América Latina; una mirada feminista sobre una región convulsionada (disponible aquí), en el que feministas de diversas organizaciones y países, impulsoras de diversas agendas, denuncian y analizan las opresiones vinculadas a los sistemas que se potencian y necesitan: el capitalista y el patriarcal.

—¿Cómo fue tu encuentro con el feminismo?


—Tengo la suerte de haber pertenecido a una generación que, allá por los 60, fue abriendo horizontes fantásticos. Entramos masivamente a la universidad, salimos a trabajar, apareció la píldora, disfrutamos sexualidades más libres, pudimos tener relaciones mucho más abiertas. Pobres nuestras madres, que de alguna manera fueron las hijas de una generación tan conservadora y represiva que, hasta mediados del siglo pasado, ni siquiera permitía hablar ciertos temas en la mesa familiar. Pasaron de eso a ser madres de unas locas como nosotras. El exilio nos dio la oportunidad de conectarnos con un movimiento que en América Latina venía sobre todo de sectores de izquierda, un movimiento feminista que era muy potente. A mí me tocó en Ecuador, pero también en México, Perú, Colombia los encuentros feministas latinoamericanos se iniciaron en los 80, y participamos de esa movida muy fuerte. Cuando volvemos a Argentina, por supuesto, todo eso se vuelca hacia adentro.

 


—Entiendo que por los temas que trabajan en la Red, tienen una doble labor: hacer activismo en ámbitos muy duros, como son los estrictamente económicos, pero también hacia el interior de los feminismos, ya que estos temas no necesariamente calan tanto como otros que han sido más trabajados, por ejemplo, los derechos sexuales y reproductivos. ¿Es así?

—Nuestra gran preocupación fue, justamente, mostrar que no son dos patas diferenciadas. Empezar a buscar los puentes entre realidades muy diferentes que impactan en la vida cotidiana, en las familias, comunidades, en el mismo mercado de trabajo. Y muy fuertemente en las mujeres. La gobernabilidad neoliberal nos hace pensar muchas veces que, por ejemplo, la violencia contra las mujeres es un tema aislado, particular, privado y queremos mostrar cómo se articula con tantas otras dimensiones de la conflictividad social y otras desigualdades. De lo contrario, terminás disociando el conflicto que se da puertas adentro en las casas, lo terminás aislando y termina siendo casi un problema individual, o de suerte, de mala suerte. Y, por supuesto, eso lleva a respuestas punitivistas, individuales, represivas cuando en realidad tenemos que pensarlo como temáticas económicas y sociales mucho más amplias que requieren lo contrario: organización, respuestas colectivas, formas novedosas de articulación y de fortalecimiento de identidades colectivas y sociales.

 

 


—¿Te parece que esta forma de ver las distintas causalidades se está entendiendo en los feminismos?


—Desde hace rato estamos viendo posiciones que a veces se polarizan, exageran de un lado hacia el otro; parece que la única respuesta es tener mayores penalidades, el punitivismo. Desde hace muchas décadas estamos pensando y discutiendo estos temas en el sentido de que la respuesta no va por ahí, que lo que sirve es una conciencia colectiva, fortalecer la organización. Son líneas que a veces se enfrentan con debates que hay que seguir dando porque de acuerdo a cómo leamos la realidad vamos a encontrar respuestas más o menos efectivas.

 


—A fines de 2018 se realizó en Argentina la reunión del G20, a la que precedieron diversas reuniones de subgrupos temáticos, como el Woman 20. Hace pocos días se firmó un acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Desde la Red fueron protagonistas de acciones de resistencia.


—Ante todo, el G20 es una expresión muy hegemónica del capitalismo financiero, de la actual etapa de financiación del capitalismo. No son ingenuas sus reuniones, que se suceden año tras año, para instalar la ortodoxia económica en esta línea que es absolutamente concentradora de poder, agudizadora de desigualdades sociales, económicas, de poder. No sólo dentro de los países y las sociedades sino también entre los países. Hoy estamos en un panorama internacional muy incierto, con muchos interrogantes, con muchas tensiones. Con amenazas de escaladas bélicas reales, concretas, fuertes. Con realidades de segregación y exclusión como nunca antes
habíamos visto o que no imaginábamos que podían suceder a esta altura de la historia. En estas reuniones, los países van haciendo acuerdos comerciales, van midiéndose las hegemonías de poder, las disputas por los recursos naturales; aparecen en tensión todos los conflictos, las incertidumbres. ¿Y qué se les ocurre para edulcorar estas reuniones muy tensas? Incorporar cláusulas de género, lo que se llama el “pink washing”, un lavado rosa que permite mostrar todo el glamour de las primeras damas, de alguna reina por ahí que participa también y desviar con eso la atención de sociedades que están sufriendo las decisiones de los gobiernos. Entonces, para nosotras era una amenaza el Woman20. La gran propuesta de esta reunión fue la inclusión; la inclusión laboral de las mujeres, su inclusión financiera, la inclusión de las mujeres rurales. Entonces desde el Foro Feminista contra el G20 que se armó –muy potente, atravesando diversidades políticas, temáticas, ideológicas en muchos sentidos– planteamos ¿inclusión a qué y dónde? Si es para incluirnos en una sociedad desigual, polarizadora, inequitativa, no queremos la inclusión. Queremos estar incluidas, pero tenemos un potencial transformador que va mucho más allá de nuestros roles tradicionales de género. Una inclusión que cuestiona los principios mismos, las bases de una organización social injusta, desigual, monstruosamente denigradora de grandes sectores de población que está marginada, que está hambreada, poco tenida en cuenta y devaluada permanentemente por esos mismos poderes que están convocando a la inclusión de las mujeres.

—De allí surge el libro.


—Como Red organizamos un seminario internacional donde pretendimos cruzar todas estas realidades que van desde las tensiones geopolíticas en el capitalismo, los impactos regionales, los actores y políticas en los escenarios presentes, el mundo del trabajo desde las mujeres sindicalistas, desde las que están en la economía social y finalmente lo que llamamos las tramas de las violencias contra las mujeres que van mucho más allá de la violencia doméstica pero que la incluye. Una perspectiva mucho más amplia, diversa y multidimensionada. Recogimos todas estas experiencias y visiones en un libro.

—Escribiste el capítulo “Rebeldías feministas en una región desigual e injusta”. El feminismo viene a plantear que las desigualdades no tienen origen solamente en la cuestión mujer-hombre, se propone una mirada más completa, interseccional, con críticas profundas a las causas de esas desigualdades. En esta Latinoamérica tan desigual, tan diversa, tan atravesada de distintas opresiones, ¿cuáles son las luchas de estas rebeldías feministas?

—Lo que decimos es que en este horizonte bastante desalentador de la actual etapa del capitalismo, tan dura, tan árida, tan amenazante para nuestras vidas y nuestras comunidades, la noticia esperanzadora es la capacidad de movilización que en los últimos años estamos demostrando las mujeres. Estamos consolidadas, sin dudas, como un actor social potente, indoblegable, capaz de articular una visión sistémica de distintas formas de opresiones, capaz de articularnos con otras formas de conflictividad social y mostrar empatía y solidaridad con mujeres en diversas situaciones, con colectivos de la disidencia sexual que sufren tremendas opresiones, con las opresiones raciales, étnicas. Además, el movimiento está teniendo una dimensión generacional muy potente, con chicas cada vez más jóvenes, de la escuela secundaria. Son fenómenos que estamos viendo y nos dan un panorama de potencial extraordinario para poder pensar para adelante cuál es este rol político central que hoy estamos transitando y que tiene todavía un enorme potencial.

—En el libro planteás que la región es cada vez más neoliberal. ¿Cambiará el escenario a partir del recambio presidencial en México con Andrés Manuel López Obrador y las últimas elecciones en Argentina en las que asoma como probable futuro presidente Alberto Fernández? ¿Te dan esperanzas estas rupturas? ¿Puede haber un nuevo eje progresista en América Latina?


—En la primera década de este siglo, al calor del Foro Social Mundial, de los encuentros internacionales, nos ilusionamos con que el neoliberalismo estaba retrocediendo, con que el capitalismo estaba debilitado y con que se avecinaban nuevas realidades que todavía no podíamos identificar del todo. Y no fue así. El capitalismo tiene cuerda para rato y el neoliberalismo busca siempre nuevas estrategias. Ya no le funcionan los golpes de estado al estilo de los años 70, pero encuentran otras formas de irrumpir y de generarse espacios de gobernabilidad. Esto no quiere decir justamente que nos quedemos de brazos cruzados, todo lo contrario, fue tan demoledor este recambio de gobiernos en los últimos años en América Latina por gobiernos más conservadores que implicó retrocesos de derechos, recortes de conquistas que parecían consolidadas. Brasil es el caso extremo y más doloroso, pero también lo
hemos vivido en Argentina con Mauricio Macri. Todos estos años han sido muy duros para los argentinos, hemos visto retroceder derechos, recortar sectores tan valorados y tan apreciados como el de ciencia y tecnología, como las escuelas públicas, la salud, las conquistas laborales que parecían que ya estaban para quedarse, como derechos de las mujeres. La respuesta no fueron estallidos sociales descontrolados, pero sí hubo muchísima resistencia de los movimientos sociales. De hecho, desde el feminismo Ni Una Menos comienza con las enormes movilizaciones desde el año 2015 (año que asumió Macri) y fueron sucediéndose paros de mujeres. Hubo muchísima resistencia, pero una resistencia que sabía que tenía que esperar hasta volver a canalizar de una manera más institucionalizada, por el voto, el repudio a estas políticas neoliberales.

—Tal vez no hubo estallidos sociales como en otras ocasiones porque el gobierno de Macri mantuvo ciertas políticas de contención de los sectores más empobrecidos, como la Asignación Universal por Hijo.


—Sin duda que se mantuvieron muchos planes sociales, subsidios estatales y servicios públicos, pero también es cierto que hubo una pelea constante por mantenerlos. Organizaciones poderosísimas como la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa han desarrollado permanentemente una estrategia, como dicen ellos, de “golpear y negociar”. Hacer piquetes, cortar caminos, cortar rutas, cortar vías de acceso a la ciudad de Buenos Aires e ir a negociar. Negociar un salario social complementario, por ejemplo. Fueron estrategias muy persistentes. ¿Cómo se pudo contener hasta ahora la reforma laboral y la reforma previsional? Con mucha resistencia.

—¿Por qué te parece que los argentinos votaron a Alberto Fernández?


—No sólo se votó contra el neoliberalismo sino también por propuestas de cambio en el sentido de equiparación de derechos, equidad de género, equidad social, contra la discriminación racial y de las diversidades sexuales, y también, y muy fundamentalmente, contra los acuerdos comerciales y los acuerdos de congraciarse con los mercados. Se están volviendo a levantar banderas de integración regional. Por eso Alberto Fernández cruzó a hablar con Mujica y fue a ver a Lula a la cárcel. Y tampoco esconde el enfrentamiento con un Bolsonaro que lo cuestiona, lo rechaza, por el contrario, dice que es un honor ser rechazado por un misógino, conservador y machista como Bolsonaro. Creo que hay unas señales que no sé si el gran electorado las ve pero que muchos sectores sí lo estamos viendo.

—Por un lado, apuntás que el neoliberalismo siempre encuentra sus estrategias. Por otro, creemos en el poder transformador del feminismo, el cual ha logrado cambios profundos. Pero ¿no será que este poder transformador tiene como límite esos poderes neoliberales? ¿Será que el feminismo logra cambios en una amplia gama de temáticas, desde una sexualidad más libre a la participación política, pero que no llega ni llegará al núcleo duro de creación de desigualdades; será que en cuestiones macroeconómicas el papel del feminismo es más el de resistencia que el de transformación?

—Es un camino que no es sencillo. Estamos recién llegando a la paridad legislativa, pero nos falta muchísimo para tener un rol preponderante en el Poder Ejecutivo. Por otro lado, contamos con desarrollos conceptuales importantísimos, desde la teoría feminista, la economía feminista, que están profundizando en todos estos temas y planteando con mucha firmeza no sólo las denuncias de lo que pasa sino también las alternativas. Pero todavía, por supuesto, tenemos que construir todo un espacio de legitimidad de nuestra voz para que seamos escuchadas en paridad. Tenemos una ventaja: de alguna manera hemos permeado con nuestros discursos y nuestras perspectivas a muchas mujeres que estaban en la política, en la economía, y también hombres, pero que no tenían la menor idea de la perspectiva de género. Hemos avanzado tanto que a uno le cuesta pensar sin darse cuenta de cuánto. Estamos en esa construcción. Tenemos que seguir peleando por estas visiones más sistémicas, más de articulación de distintos niveles de la realidad, de distintos espacios, de distintas formas de organización social que no pasan simplemente por ir y sumarse a algo que está dado. Cuando entramos en un espacio tenemos que ejercer el poder transformador que tenemos desde el feminismo. Es una revolución que vino para quedarse y que no significa sólo el hecho de tener una presencia femenina dentro de muchos espacios sino de ser portadoras de propuestas de transformación.

—¿Qué te hace ser optimista?


—Esta visión histórica de la que estamos hablando es la que me hace ser optimista: todo lo que hemos avanzado.

 


—Pareciera que cuando el feminismo era más marginal, el costo era no ser tenida en cuenta, ser tildadas de locas, y hoy que nuestras voces son más potentes y que parece ser que somos una amenaza real a ciertos intereses los costos crecen. Aumenta la criminalización, la persecución, incluso hay asesinatos, con más frecuencia entre las defensoras de los territorios, lo cual se vincula al cuestionamiento de políticas extractivistas. ¿Cómo lo ves?

—Hay lugares y momentos históricos en el que la conflictividad social hace que el protagonismo de las mujeres lleve a poner muy en riesgo sus vidas. Sin dudas, es así. Y lo vemos en la lucha por el medioambiente y contra el extractivismo con expresiones tan tremendas y duras sobre todo en Centroamérica pero también hay mucha represión en otros países como Colombia y Perú y también en nuestros países del sur. Y además tienen una función disciplinadora muy fuerte; una función sancionadora por habernos apartado de nuestro destino supuestamente natural. Una Marielle Franco, una Berta Cáceres ocupaban lugares que no correspondían para ellas. Ojo que todavía está muy presente un imaginario que quiere que volvamos a nuestras casas, al silencio, a la no intervención política, a la pasividad, al sometimiento y a la discriminación. Estos roles tan activos que estamos tomando las mujeres en campos tan diversos son sancionados. Estamos en un frente de batalla donde se exacerban los fundamentalismos, el conservadurismo, los discursos sobre ideología de género desde los distintos sectores confesionales, desde las derechas, los sectores más reaccionarios. Y esto es peligroso para nosotras. Pero, justamente, como no creemos en las individualidades, no creemos en las excepcionalidades de las mujeres, sino que estamos claramente avanzando con un frente muy sólido, muy fuerte, muy diverso también y con muchas tensiones pero en un colectivo que es cada vez más fuerte, estamos en buen camino que nos puede sostener todavía en la lucha.