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Con el teólogo peruano José Luis Pérez Guadalupe - Alejandra Veas Vargas

La influencia evangélica en los países latinoamericanos viene incrementándose desde hace varias décadas de manera casi silenciosa. Sin embargo, en los últimos años, los evangélicos comienzan a tener una presencia importante en la política latinoamericana. En 2018, Fabricio Alvarado, líder evangélico en Costa Rica, estuvo a punto de convertirse en presidente en una reñida segunda vuelta. López Obrador, en México, también se alzó al poder en alianza con el movimiento evangélico. Recientemente, Jair Bolsonaro, católico, ha ganado las elecciones presidenciales en Brasil con evidente apoyo evangélico. En su libro Entre Dios y el César, José Luis Pérez Guadalupe[1] analiza el impacto político de los evangélicos en el Perú y América Latina.

—¿Por qué estos movimientos evangélicos han tomado tanta fuerza en los últimos años, sobre todo, los denominados pro-vida y pro-familia?

—Todos los grupos católicos y evangélicos son pro-vida y pro-familia. Estamos hablando de una reacción frente a una nueva política que ellos consideran “ideología de género”. Hace unos años era impensable ver evangélicos en política, no solamente porque no participaban sino porque rechazaban el ingreso a la política. Ahora no, y ese es el paso más fuerte que da el movimiento evangélico: no es el contenido de la agenda, es un fenómeno mucho más amplio. Hubo un intento en los 80, se crearon partidos confesionales, pero fracasaron.

—¿Fracasaron en crear una agenda política propia?

—Su agenda no era otra que llegar a la presidencia bajo una supuesta promesa de Dios. A eso me refiero como fracaso. Es evidente lo que han logrado en 30 años: representación, fuerza de movimiento, pero abandonaron la idea de partido confesional. Los evangélicos, por definición, están atomizados (no divididos), su estructura es celular, nacen divididos, no han tenido unidad. En los 60 los unía el anticomunismo y el anti catolicismo. El comunismo cayó y el anti catolicismo se ha relativizado. Ahora, el núcleo que los une es la “agenda moral”. No tienen una propuesta, se unen a luchar “contra” algo, es decir, antes era contra el catolicismo, contra el comunismo y ahora es contra la “ideología de género”. Mañana los puede unir otra cosa.

—¿Cuál es el atractivo para los partidos de este bolsón electoral?

—Son atractivos porque parten de un error: creen que existe voto confesional y no existe voto confesional. Tienes evangélicos en todos los partidos, yo les llamo facción evangélica. ¿Quiénes son los que salen? Aquellos que están en partidos ganadores, no ganan por ellos mismos. Se están haciendo alianzas entre evangélicos y partidos. En Colombia, en Perú... Aún existe una sub representación evangélica en la política. Salvo el caso de Panamá y Costa rica que están en 7%, pero eso es coyuntural.

—¿Tienen preferencia política?

—La gente cree que son de derecha. Pero no. En Brasil votaron por Lula y por Dilma durante ocho años. En Argentina han votado principalmente por el partido peronista.

—En México López Obrador ganó por apoyo de los evangelistas.

—Así es. No se puede decir que los evangélicos piensan de una manera específica. Como te decía, hay varios grupos atomizados, cada uno se maneja como mejor le parece. Sin embargo, lo que tenemos es que el pensamiento de derecha conservador es más afín con el pensamiento evangélico, pro-vida y pro-familia. Y esto ha pasado claramente con Bolsonaro. Pero los evangélicos no fueron decisores de la elección. No es automático, ni fácil de comprender.

—¿No se pueden identificar tendencias?

—Hay probabilidades, pero no es tan fácil hacer interpretaciones de derecha o de izquierda. No está claro.

—Suele decirse que estos grupos evangélicos carecen también de conocimiento de ciudadanía. ¿A mayor ciudadanía menor inserción política?

—He visto es que un factor decisivo: donde hay bipartidismo no entra la agenda moral, se acaba el bipartidismo funcional y entra la agenda moral. Y donde hay partidos fuertes tampoco entra la agenda moral. La agenda moral en América Latina no ha sido decisora de candidaturas, en Centroamérica sí. En Costa Rica fue el factor decisivo a pesar de no tener tantos evangélicos. Pero después, la agenda moral no ha decidido nada. Chile tiene una tradición evangélica muy fuerte de 17%, pero solo tiene tres evangélicos en la cámara de diputados. En Argentina, quien lidera pro-vida es la iglesia católica, no la evangélica. El factor religioso no es determinante.

—¿Cuáles son los riesgos en América Latina de que estos grupos ocupen cargos de gobierno?

—Yo diferencio entre lo que son “políticos evangélicos” y “evangélicos políticos”. Ahí está la clave. Porque uno puede ser un político evangélico como puedes ser un político católico, tienes todo el derecho y haces vida partidaria como ciudadano. No como feligrés. En cambio, en el caso de los evangélicos políticos, el interés para ellos es el medio, no el fin. Es tan peligroso como cualquier otro grupo radical con agenda propia. Cuando hablamos de políticos nos referimos a aquellos que quieren gobierno y el bien común, pero cuando tienes agenda propia es peligroso, sea la que sea.

—¿Cómo sería una estrategia desde la sociedad civil para frenar el avance de agendas tan radicales?

—Las iglesias evangélicas no las puedes evitar. Los vas a parar en la lucha política normal, son parte de la sociedad. La sociedad está generando este tipo de sectarismos de uno y otro lado. Pero mi postura es que las luchas por los derechos hay que plantearlas no como creyentes sino como ciudadanos.

[1] Ex Ministro del Interior del Perú durante el gobierno de Ollanta Humala, doctor en ciencias políticas, antropólogo, teólogo y vicepresidente del Instituto de Estudios Social Cristianos (IESC).