Ana Quirós

Ser feminista en Nicaragua

Las feministas nicaragüenses viven en un contexto convulso, marcado por la violencia, la represión y la persecución gubernamental de manera cotidiana. Para entender lo que sucede y sobre todo, para hablar de los retos que tienen, hace falta dar un paso atrás y recordar qué y cómo se vive en este país desde inicio del año pasado.


Para el ojo externo, hasta abril de 2018, Nicaragua vivía en calma, en una bonanza económica casi envidiable. De acuerdo a las valoraciones del gobierno y de la Policía Nacional contaba con los niveles de inseguridad y crimen más bajos de la región, con el narcotráfico controlado. Había un descontento relativamente bajo (la gestión pública estaba bien posicionada en las encuestas de opinión pública), el gremio empresarial resolvía las dificultades en conjunto con el gobierno, había un ejército bien subordinado y elecciones. Todo esto quizás solo estaba empañado por las marchas campesinas demandando la derogación de la “ley Canalera” (mediante la cual Nicaragua cede su soberanía de una parte importante de su territorio a una compañía de capital chino para la construcción de un canal interoceánico y da a estos inversionistas una serie de concesiones importantes); y por las numerosas expresiones de las organizaciones de mujeres y feministas que desde 2006 –año en que se penaliza absolutamente el aborto, días antes que Daniel Ortega resulte electo como presidente– se ha manifestado de manera crítica al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y al quehacer gubernamental.

No obstante, había otros numerosos sectores descontentos, no se manifestaban públicamente como las organizaciones de mujeres, las feministas y los grupos campesinos. Muchas personas callaban frente a las acciones del gobierno que venía centralizando cada vez más poder, reduciendo la autonomía y el control de los poderes del Estado frente a los negocios turbios, la corrupción, las prebendas y el despilfarro de los recursos públicos; o frente a los fraudes electorales cada vez más frecuentes y descarados.

También de cara a un poder electoral cada vez más parcializado y con menos pudor para favorecer al partido de gobierno. Para justificar el silencio las personas argumentaban que estaban recibiendo beneficios del gobierno, que sus familias dependían del empleo de algún funcionario del Estado o, simplemente, que tenían temor de ser señaladas como opositoras.

 

El descontento era creciente, pero silencioso, hasta que en abril de 2018 se desata el incendio de la Reserva Indio Maíz que genera manifestaciones, principalmente de jóvenes y estudiantes que repudian al gobierno y que son reprimidos por este. Pocos días después, el gobierno decreta una reforma al sistema de Seguridad Social que afectaría de forma importante a empleadores, trabajadoras, trabajadores y a personas pensionadas.

Es importante, recordar en qué han estado las feministas nicaragüenses en ese contexto:


Desde antes de la elección de 2006, planteamos que Daniel Ortega y el FSLN era lo peor que le podía pasar a las mujeres, a las feministas y al país. Muchos sectores y grupos nos criticaban: estar contra el FSLN era respaldar a la “derecha”, había que darle una oportunidad para “gobernar en paz”, la derecha nunca defendería los derechos de las mujeres, como lo podría hacer el FSLN. Sin embargo, las mujeres habíamos tenido ejemplos de que ese llamado “compromiso” del FSLN con los derechos de las mujeres no era real. Un partido que está dispuesto a cerrar los ojos a una denuncia como la planteada por Zoilamérica Ortega en contra de su padrastro y principal figura del FSLN desde 1998 no puede alegar que está a favor de la igualdad y de los derechos de las mujeres.


En 2006, desde el primer momento del proceso electoral, el FSLN estuvo dispuesto a usar los derechos de las mujeres como moneda de negociación, y así lo hizo respecto al aborto, intercambiando la vida de las mujeres –especialmente las más pobres– por el respaldo electoral de los sectores más conservadores.


Las organizaciones feministas y de mujeres son las primeras en ser agredidas por los distintos poderes del Estado desde 2007. Cuando vuelve el FSLN al gobierno, acusó a nueve feministas de asociación para delinquir y de encubrir abortos, a raíz de un caso de una niña violada. También fueron allanadas de las oficinas del Movimiento Autónomo de Mujeres en el marco de una cacería por supuesta
triangulación de fondos de la cooperación internacional en 2008 y 2009.


El embate contra las feministas y sus demandas ha sido constante. La ley contra la Violencia de Género, considerada una legislación de avanzada en la defensa de los derechos de las mujeres, fue aprobada por unanimidad. Pero casi de inmediato comenzaron las críticas y los esfuerzos para reformarla, lo cual terminó con la acotación de definición de femicidio exclusivamente a las personas que están en
una relación estable.

Hace cuatro o cinco años atrás empiezan a salir los grupos campesinos en defensa de su tierra, el agua y la soberanía, y contra la ley del Canal. Las feministas estuvieron con ellos desde siempre, también con relación a las denuncias de fraudes electorales, a partir de abril de 2018.


● Las mujeres y las feministas hemos estado en la primera línea de protesta, de denuncia y de demanda de Democracia, Justicia, Igualdad y Cese de la Represión. Hemos estado en las marchas, en los debates, en las mesas de negociación, en los tranques, en la resistencia, en el apoyo a las víctimas directas, en las redes de cuidado y protección a las personas perseguidas y agredidas.


● Las mujeres han sido reprimidas, agredidas, perseguidas, apresadas, secuestradas, y siendo víctimas de violencia, incluyendo la sexual. Hemos sido objeto de campañas –no solo digitales– de agresión y acoso.


● Hemos estado en la arena internacional, en la denuncia activa de las violaciones de derechos humanos, en el registro y acompañamiento de los casos, en la generación de la solidaridad con el pueblo de Nicaragua.


● Estamos en el exilio, trabajando por la sobrevivencia, por la gestión de ayuda, la denuncia, el acompañamiento y la promoción de la organización de la migración.

Nuestros retos principales hoy día son:


● Sobrevivir al régimen, a su represión y a su persecución, porque la violencia no cesa. Hace apenas unas semanas, el 14 de marzo, fueron detenidas más de 200 personas, muchas de ellas mujeres líderes y activistas feministas por tratar de ejercer el derecho a manifestarse.


● Incidir en el cambio de régimen con nuestra propuesta de democracia paritaria. En un período en el que se discute cómo concretar las
aspiraciones de las y los nicaragüenses de una nueva democracia, a las feministas les corresponde presentar alternativas concretas que garanticen la participación de las mujeres, la igualdad, la justicia, la equidad, la inclusión en las propuestas para reformar los cimientos de la sociedad. Para que no se repita el ciclo perverso de violencia en Nicaragua.


● Mantener nuestra autonomía como actor social beligerante, con sus propias expresiones. Pero al mismo tiempo, lograr que el feminismo apueste por la democracia y la república dentro del marco de los esfuerzos unitarios que hoy se impulsan en el país y en el exilio. La unidad en la acción es fundamental para el derrocamiento del régimen.

● Impulsar la liberación total de las presas y los presos políticos. La excarcelación, pero también la anulación de todos estos juicios y procesos espurios e ilegales.


● Continuar registrando los incidentes y violaciones de derechos humanos contra mujeres, organizaciones, grupos y personas forzadas a migrar, con la aspiración de que en el futuro dichos registros sirvan para la recopilar y reconstruir la verdad, para la búsqueda de la justicia. Los crímenes no pueden quedar en la impunidad, tendrá que juzgarse y castigarse a los culpables para que –a diferencia de los ciclos anteriores en el país– no se vuelva a repetir.


● Alimentar y promover la acción solidaria en Nicaragua, especialmente desde las redes feministas y los espacios de derechos humanos, los gobiernos y los espacios multilaterales que han sido fundamentales en el sostenimiento y avance de la lucha.