N°13 año 2020

3 de noviembre

Resistir a la violencia y la impunidad

Yo soy mía

Sandra Ferrini es la sobreviviente de trata de personas con fines de explotación sexual más visible de
Uruguay. A través de videollamada, conversamos con ella acerca del modo en que se afronta esta
problemática en nuestro país y sobre su historia, su activismo, cómo impactó la pandemia en su vida.

 

Florencia Pagola

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“Uso lentes de contacto grises porque me gustaba el color de ojos de mi abuelo. Mi pelo es negro y largo hasta la cintura, lacio. En mi piel tengo el tatuaje de una mujer con un revólver Colt 45 y una rosa (me lo hizo la primera red de trata que me llevó), y las cicatrices de siete puñaladas de un serial killer de Italia. Me visto de negro y uso ropa clásica. No mezclo más de tres colores, ya usé todas las lentejuelas y los colores que no quería usar.” (…) “Pasé por varios nombres, de esquina, de pasaporte. No eran los que yo quería, me los ponían otras personas. Sandra Ferrini soy mi elección”.


El confinamiento social por Covid-19 de Sandra fue con su nieto, en su casa. En los momentos de encierro, lo que más le dolió fue no poder ayudar a las mujeres que, al igual que ella, son sobrevivientes de trata de personas con fines de explotación sexual. Luego, lo otro: el dolor propio.


“No podés ayudar a las demás porque no podés moverte, y no las tengo acá en el barrio porque si no las puedo cuidar es un peligro. Algunas se han ido y con otras mantengo contacto por Whatsapp. Estoy reviviendo el dolor de ellas en el mío. Yo pensaba que era invencible, pero este es un encierro que me está matando. Me angustia tanto; lo comparo a cuando estaba en España y no podía llamar a mi hijo. Esa sensación de impotencia, que te das contra las paredes.”

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Hubo un día, antes de cumplir los 9 años, en el que la madre de Sandra la llevó a la casa de un vecino. Él la violó mientras su madre esperaba en el comedor. Luego la violaron otros a cambio de dinero. “A pesar de que ya estaba en esta situación [explotación sexual], a los nueve años me festejaron mi cumpleaños, todo se disimulaba. Mi abuela, que tenía mal de Parkinson, pudo ir, hicieron de todo para llevarla. Fue maravilloso.”


Se crió en el Cerrito de la Victoria y en La Teja. La situación económica de su familia era buena, en ese entonces su padre tenía hasta tres trabajos. “Que yo supiera, mi papá no sabía lo que me pasaba. Yo estaba amenazada con que si hablaba lo mataban a él. Pero mi papá siempre me decía que me casara con una lucha. Tal vez él sabía y no me lo quería decir, o sospechaba que había algo extraño.” Luego su madre le presentó un “novio” llamado Dante, con quien la casaron. Dante pasó a ser su proxeneta, a explotarla sexualmente para su beneficio económico en Uruguay, y más tarde, en el exterior. “Yo tengo que decir algo, porque alguien va a hacer el comentario: “ella se fue sabiendo...”; sí, yo me fui en un momento en que la gente sabía que yo ya estaba en la calle, pero me fui con la promesa de que a los seis meses volvía y dejaba de hacerlo. Y cuando llegué allá entré en el túnel del horror porque era todo muy diferente.”


Como le sucedió a Sandra, el hogar sigue siendo el principal medio donde hacer el primer contacto con una víctima de trata de personas con fines de explotación sexual. Puede ser un familiar, pareja, expareja o un conocido que, en su mayoría, usa el engaño como forma de persuasión. Así lo confirma la investigación sobre trata de personas en Uruguay “Dueños de personas, personas con dueños” de la Asociación Civil El Paso (2020), documento al que recurriremos a lo largo de este artículo (de ahora en adelante Investigación).

Mediante el engaño, las razones para realizar estos viajes tienen que ver con la situación económica de las víctimas y la pobreza, conflictos familiares o falta de oportunidades para acceder a la educación. No solo eso: usualmente las víctimas son inducidas al endeudamiento y expuestas a represalias y desarraigo. Así se las aleja de sus vínculos y se perpetúa el control sobre ellas.


El género es la primera desigualdad que pesa sobre la existencia de las víctimas. Todas quienes fueron atendidas por el Serivicio de Atención a Mujeres en situación de trata con fines de explotación sexual de Inmujeres y El Paso (de ahora en adelante el Servicio), son mujeres. A la discriminación de género le siguen la pobreza, el desempleo y la exclusión social. A esto se le suma la violencia que atraviesa la vida de las mujeres: el 62% declaró haber vivido violencias de género, y el 26%, violencia sexual en su niñez o adolescencia.


El caso de Sandra, si bien es paradigmático en Uruguay, no es aislado. Sandra se fue siguiendo la promesa de una mejor vida para ella y su hijo. Y al ser su madre la que la explotó sexualmente y luego su novio y proxeneta, para ella era lo que tocaba, lo que tenía que ser. “Yo tendría que haber sido niña, no fui niña ni adolescente.” Sandra no conoció otra vida que no fuera la de la explotación sexual durante 37 años.


Ella dirá más adelante: “yo decía que lo hacía porque quería, porque los proxenetas te convencen al punto de que lo hacés porque querés.”

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Sandra fue explotada sexualmente en Uruguay, Argentina, Paraguay, Brasil, España, Turquía, Italia, Holanda, Yugoslavia, Portugal, Austria, Suiza, “y otros países que ya no recuerdo”. Como Sandra, un 3% de las sobrevivientes que pasaron por el Servicio fueron explotadas dentro y fuera del país del que fueron reclutadas. Pero un 83% fueron explotadas en un país diferente, lo que implicó para ellas un desarraigo mayor y un alejamiento de sus vínculos. Esto coincide con un crecimiento exponencial de casos de extranjeras explotadas sexualmente en Uruguay a partir del 2014. Del total de personas que pasaron por el Servicio, el 75% eran extranjeras y el 25% nacionales. Con el paso de los años, Uruguay dejó de ser solo un país de origen y tránsito de trata de personas (mujeres), y también pasó a ser uno de sus destinos.

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Si Sandra tuviera que definir a los proxenetas, quizás elegiría esta frase: “Todos los proxenetas tienen una mascota a la que tratan mejor que a sus mujeres para hacerte creer que no vales nada.” Y sobre quienes pagaban para tener sexo con ella aclara: “Son perpetradores; no me gusta decir la palabra cliente porque no somos mercadería, hay que erradicar esa palabra”.


Las formas de violencia psicológica, verbal, física y sexual (según la Investigación, los mecanismos mayormente utilizados para el control de las víctimas) que usaban los proxenetas persistían de tal forma que Sandra vivía con rabia y dolor. Por ejemplo, en España: “Bajábamos al salón de las 4 de la tarde hasta las 4 de la mañana. Teníamos media hora para comer una sola comida en el día. No podías llamar por teléfono ni comprarte unas medias. El único contacto era con los perpetradores, tenía siete minutos para estar con ellos. Y hacíamos tres turnos con hasta 30 hombres cada uno.”


O en Italia, cuando aconsejó a una compañera: “[El proxeneta] me dijo: ‘el domingo no te parás, vamos a ir a conocer la casa de Romeo y Julieta que te quiero ver en el balcón’. Me compró un conjunto de ropa hermoso. Primero fuimos a la Arena de Verona, o sea, estaba conociendo algo diferente a la esquina, el taxi y el encierro. Cuando entramos me dijo: ‘¿Así que yo te voy a matar a vos?’; y a la otra chica: ‘Mire señora lo que les pasa a las que se portan mal’. Me empezó a golpear, él era boxeador y hacía arte marcial. Absolutamente nadie intervino, todos sabían que eran las mafias sudacas. Yo estaba indignada mal, ella que me había traicionado y él que como un bicho me iba a matar, no daba para eso, él no tenía derecho a pegarme. Llegamos a la casa de Romeo y Julieta, subí al balcón, él hacía como que se me declaraba. Ese cinismo, ahí entendí tantas cosas, después evité hablar con mis compañeras. Sabía que podía perder, y yo tenía que sobrevivir.”

En eso consistía la existencia de Sandra: “Me pasaba en una esquina, me pasaba entre golpes y encierro”. Como víctima, su cuerpo nunca le fue propio ni un medio de disfrute.


“Sabía que era linda porque la gente siempre me lo decía, pero no me gustaba mi cuerpo porque no era mío. Que no era mío va por dos cosas: yo no tenía pechos y me inyectaron aceite de avión. Eso me produjo una enfermedad con el tiempo y me tuvieron que hacer una mastectomía. La antigua gestión nunca me hizo la reconstrucción, nunca hubo una cama para mí. Y también porque era el cuerpo de quien me pagara. Yo tenía que ponerme en la posición que ellos querían y hacer lo que ellos querían.


En la película Tan frágil como un segundo hay una escena (varias de las chicas representan diferentes momentos de mi vida) que yo cuando la veo lloro. Es un hombre que le dice vos sos mi P-U-T-A, y eso es una cosa que yo detestaba; yo por dentro decía: ‘yo soy mía’, pero no podía decírselo a ellos.”


Cada tanto, Sandra lograba momentos de placer: “A veces cuando podía leer, y bueno, obviamente hablando con mi hijo [por teléfono]”. Prefiere las historias basadas en vidas reales y se anima a comentar sobre algunas de las obras que ha leído: “Leí 11 minutos [de Paulo Coelho], aunque no me gustó el final porque no existe la prostituta enamorada, pero sí me gustó cómo se identificaba el personaje con una verdadera persona que está parada en una esquina. También leía mucho a Stephen King; no me asustaba, como a una compañera que yo le había aconsejado que lo leyera y me dijo: ‘a mí me asustan la cosas de horror’. Yo le decía: ‘el horror es este’”.


Quizá por eso, Sandra dormía con los ojos tapados (costumbre que le quedó) y siempre soñaba con el verde. “En los momentos de encierro soñaba con el verde, el verde, el verde. No sabía por qué. Cuando pude ser libre y me vine a Uruguay vi tanto verde, que yo me di cuenta que lo que pensaba era en volverme a mi país, en ayudar a las chicas de mi país.”


Para Sandra, las fuerzas de superviviencia a 37 años de explotación sexual se encuentran en una llamada que te dice te amo, te necesito. “Mi hijo me decía ‘la abuela me está haciendo así con la mano’, que quería decir como que le iba a pegar, ‘la abuela no me deja hablar’. Ahí me di cuenta que estábamos los dos en la misma situación. Yo tenía que salir para que mi hijo pudiera hablar y pudiera hablar yo. Él estaba viviendo lo mismo que estaba viviendo yo.”


De las sobrevivientes de trata que pasaron por el Servicio (y de las que se cuenta con información), el 83% tiene, al menos, un hijo.

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“Yo amaba mi soledad autogestiva. Me invitaban a salir, si yo quería salía y si no quería, no. Iba a lugares en los que los proxenetas no iban, me iba lejos, fuera de la ciudad, a lugares de gente decente. Iba a un local donde eran todos artistas y tenía una relación enormemente feliz con ellos. Nunca me trataron como si yo no supiera, al contrario, me trataban de enseñar. Fue gente que jamás miró mi cuerpo, miraban mi persona, mi modo de ser. Jamás tuve una insinuación por parte de ninguno de ellos, ni acoso sexual, ni declaración. Entonces me sentía muy bien, incluso muy querida por las mujeres que frecuentaban ese lugar.”


Según la Investigación, el 54% de las sobrevivientes que pasaron por el Servicio “vivieron la explotación con aparente libertad de movimiento”, es decir que los mecanismos de control que predominaban eran los de “abuso de poder”. De todos modos, Sandra hace una diferencia entre ser explotada en Uruguay y en el extranjero: “Cuando yo estaba en Uruguay y era explotada sexualmente tenía una libertad, entre comillas, podía ir a comer con mis compañeras de esquina, podía dormir en la casa de ellas. No era tanta la vigilancia que teníamos porque no te oprimen acá, te oprimen cuando te sacan del país. Es ahí cuando se te termina el mundo y se te sigue terminando todos los días”.


Pero siempre que pudo, Sandra se escapó del control de los proxenetas: “Me escapé infinitas veces. Me escapé a lugares inimaginables, como en Yugoslavia en tiempos de guerra, y me encontraron. En ese sentido yo era un poco tonta, siempre me dejaba agarrar. Es que no existe el escondite perfecto; aparte yo le giraba plata a mi madre y mi madre les decía desde dónde se la estaba girando”.


Al preguntarle qué pensaba que habría para ella cuando pudiera salir de la trata, contesta: “Yo decía que el día que yo pudiera salir me iba a ocupar de los derechos de las mujeres. Eso y mi hijo, después del hijo que me secuestraron [Sandra tuvo varios hijos que le desaparecieron o mataron a golpes dentro de ella]. Es feo, pero la lucha antes que nada.” Y al preguntarle si ahora, después de tanto tiempo, finalmente lo logró, responde: “Creo que llegué a lo que yo quería, a tener mucha gente sintiéndome hablar de este tema, estuve en un congreso con 8.800 personas que fueron a escucharme. Llegué a ser presidenta honoraria de la RATT [Red Alto al Tráfico y la Trata] internacional, con la que somos miembro de la OEA [Organización de los Estados Americanos], y tener mi ONG [Fundación Sandra Ferrini]. No he logrado tener un hogar [para las sobrevivientas de explotación sexual], porque el gobierno anterior no me ayudó en nada. Me quisieron aplastar, es muy diferente hablar con las sobrevientes que leer un libro; para nosotras el libro viene escrito en nuestra piel y en nuestra sangre. Se
creen mejores porque tienen estudios, pero yo creo que la voz de las sobrevivientes tiene que ser algo muy importante.”

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Sandra se liberó de los proxenetas gracias a un accidente de tránsito por el que quedó paralítica: “La máquina ya no servía, para ellos éramos máquinas.” Vivió varios años en Italia realizando activismo hasta que regresó a Uruguay, donde le puso un nombre a los 37 años de explotación sexual: había sido víctima de trata de personas.


“Cuando me fui a hacer el carné de asistencia sanitaria me mandaron al Mides [Ministerio de Desarrollo Social], a la oficina de trata y narcotráfico; era un plan piloto, fui la segunda [sobreviviente de trata en ser atendida]. Cuando entré vi a dos chicas jovencitas, las coodinadoras, tengo que decir que yo era un poco soberbia porque había logrado salir, había logrado estar en ambientes cuando no estaba encerrada, sabía que tenía capacidades y ellas quisieron demostrar que yo no las tenía. Ellas me hablaban de que yo era víctima de trata. Lo entendí, yo esto no lo elegí. Ahí lo supe, pero en mi naturaleza, fijate que yo tenía 9 años, era mi vida, no conocía otra realidad. Pero que lo haya naturalizado no quiere decir que ahora lo vea como una cosa normal.”


Sandra cree que para reconstruirse a sí misma y a su identidad fue muy importante participar en la RATT internacional, desde donde pudo llegar a más gente con su activismo. “Cuando llegué a Uruguay estaba acostumbrada a no poder mirar a la gente a la cara, a hablarle de usted a todo el mundo. Sufría una fobia social tremenda y empezar a trabajar este tema me ayudó muchísimo.”


Además de ayudar a otras sobrevivientes, su proyecto es el de concientizar a la población sobre la trata de personas y la violencia. “Me estaba pegando muchísmo porque no había llegado a la cuota. Era como una película, me tiraba contra la cómoda, caía, me levantaba, me daba la cabeza contra la pared... en un momento veo que los vecinos de enfrente estaban viendo todo porque estaba la persiana abierta. Los miro y te aseguro que forzamos la mirada con la señora, y cuando se dio cuenta ella bajó la persiana. El miedo de las otras personas también duele.”


Quienes explotaron a Sandra a lo largo de 37 años todavía siguen explotando a otras gurisas. “Yo sé que uno de mis proxenetas estuvo denunciado una vez y quedó libre por falta de pruebas. Yo lo denuncié hace un año y medio, tengo las pruebas, pero a mí no me interrogó nadie. No es gente con poder, es gente que se cruza con gente que los ayuda, que les alisa el camino. Lo denuncié porque lo vi a él con dos niñas, nunca más volví a ver a las niñas. A él lo vi por cinco domingos seguidos en una pizzería cerca de mi barrio. Él no me veía pero yo sí. Cuando fui a denunciar, ponele que su nombre fuera Carlitos Pérez, me dijeron: ‘No, esto no lo vamos a buscar porque es un nombre muy común. Y usted, ¿sigue ejerciendo?’ ‘Escuchame’, les dije yo, ‘te estoy hablando que yo soy una sobreviviente de trata, yo no ejercí, estaba obligada en situación de prostitución’. ‘Obligada, eso no existe señora porque el país está muy mal. Hay que vivir y dejar vivir’”.


El caso de explotación sexual de Sandra aún sigue impune.