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Susana Checa:

feminista, luchadora, divertida, comprometida, sabia, audaz, y, sobre todo, amiga entrañable

Susana querida, desde este espacio feminista de BRAVAS queremos expresarte el cariño y la pena por tu partida. Aunque son muchas las que reconocemos tu aporte y tu amistad, y muchas más las que también te extrañarán, nos hemos juntado algunas voces cercanas a tu vida en diferentes momentos. Lo más preciado es lo de tu hija Agustina Carpio Checa, profunda reflexión y profundo cariño. Seguimos Gina Vargas, de Perú, Vicky Guzmán, de Chile, Ángeles Cabría, de España, y Ana Falú, Mary Carmen Feijoo, Martha Rosemberg, Lila Pastoriza y Alicia Gutiérrez, todas ellas de Argentina. BRAVAS abre su corazón y sus páginas para arroparte con el cariño nuestro y de muchas más.

Susana se nos fue

Ana Falú

Hoy murió una muy querida amiga, feminista consecuente, una luchadora incansable, la muy querida Susana Checa. Con tristeza, mucha tristeza, comparto esta pérdida. Susi era entrañable, pionera en instalar el género en la formación académica, en trabajar, formar y defender los derechos sexuales y derechos reproductivos en la Universidad Nacional de Argentina y en las mismas luchas callejeras.  Y si algo da alegría es que conseguimos la Ley y ella la pudo celebrar. La conocí en la época en que estaba en Lima, en el 2º Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, el año 1983. Nos hicimos amigas y, desde entonces, compartimos luchas. Susana siempre fue una amiga afable, tierna, comprometida. La sentí sufrir profundamente cuando su amada hija Agustina tuvo un accidente de verano.  Reflexiva, profunda, dejó escritos necesarios para el feminismo que hay que recuperar.  

Un abrazo a su familia y a todas las que compartimos tanto con ella. Hasta siempre Susana.

 Ana

Texto a mi madre: Susana Checa. “Así te viví”

Agustina Carpio Checa

 

A mis 8 meses nacida ya en Buenos Aires, partimos tras la pista que dejó mi padre unos pocos meses antes hacia el Perú; partimos mi madre, su valentía -como han dicho otres de ella y es muy atinado- nuestro perro Huari y yo, Agustina.

Partimos a ese exilio que no tenía fecha de expiración, a una vida nueva lejos de toda impronta y actitud “guerrillera” de cambiar la Argentina que ellos y ellas tanto querían; luego Bogotá y retorno a Lima por varios años más. 

Durante el exilio, mamé muchas confusiones, muchas tragedias, muchas tristezas, miedos arrebatos, llantos; tengo recuerdos muy presentes, como ir al correo de Lima acompañando a mi mamá -siempre estaba con ella- a los enormes casilleros del correo de Lima; llevábamos una llavecita con nuestro número de locker donde mi madre aguardaba ahí adentro la llegada de las cartas de Lila y Alci (supongo que, entre muchas otras, además de las de mis abuelos, padre y madre de ella). Esos momentos guardaban muchos silencios. Luego llantos y luego reuniones en nuestra casa con otros y otras que hablaban porteño también, más los amigos peruanos que se unían a esos debates y yo que escuchaba todo echada con mi perro debajo de la mesa ratona rodeada de palabras, humo, café, whisky y cigarrillos. 

Con el pasar de los años, mi madre encontró finalmente su lugar en Lima no sé cuándo, pero sé que lo encontró con sus amigas Vicky Guzmán y Gina Vargas, que fueron mis tías putativas peruanas y quienes, sin saberlo en su momento, fueron quienes le dieron su sentido de ser en el Perú, en ese exilio que la mantenía tan triste -yo lo sabía día a día-. Ahí empezaba Flora Tristán y Susana, mi madre fue también parte de ello; siempre adhiriendo al cambio, a la igualdad, a los derechos, en este caso de las mujeres por, sobre todo. 

Mi madre siempre tuvo problemas de salud, era fuerte, pero en un cuerpo extremadamente frágil, sin embargo, fumaba con su asma y eso nos enloquecía a mi padre y a mí, aunque él andaba siempre con sus Parlamento, mordiendo la punta del filtro hueco mientras comentaba eternos discursos de pensamientos progres y motorizaba a los compañeros y compañeras. Eran una buena dupla y recuerdo que yo estaba orgullosa de ello. 

Año 84, volvimos un año solas y volvimos a irnos… solo tanteábamos la posibilidad de volver al país; retornamos a Lima y, en el año 87´ volvimos para dejar el Perú y mi pasado atrás. Ahí yo sentí un desgarro enorme, ahí yo era la que se exiliaba... 

Nos juntábamos los de México con los de otros países de Latinoamérica en Buenos Aires, nuestro lugar de reencuentro, en ese aeropuerto gigante que para mí era Ecoica. 

Ahí por el 87´ la casa de encuentros cafés charlas whiskys y cigarros era ya sobre la Av. Santa Fe 3924 8A, casi sin muebles porque llegaban en barco. La recuerdo a Lila y la recuerdo a Alci, recuerdo esos reencuentros, esos abrazos, esos llantos que yo creía de emoción, pero que en realidad portaban una mezcla de lucha fraguada, de pérdidas, de vacíos y de miedos a lo que vendría. 

Se vinieron cambios, sin embargo, se vinieron fuerzas retomadas entre los y las que volvieron o quedaron y así continuó. En otro país que había quedado devastado por un proceso cívico militar y ese “monstruo grande y pisa fuerte” entendí quien les había arrebatado todo, más una guerra sin sentido dónde nos siguieron quitando soberanía. 

Ese panorama era todo un desafío; sin embrago, mientras me criaba en un colegio francés, mi himno era La Marsellesa y mi ejemplo la revolución francesa con su toma de la Bastilla, y mi lema Liberté, Égalité et Fraternité

Ya en Buenos Aires, por el 88´ recorríamos las dos, lo que yo aún denominaba “pueblos jóvenes” (acá denominados Barrios de Berazategui) con Graciela Biagini, donde iban a dar charlas de los derechos de las mujeres, de los derechos sexuales y reproductivos y dónde repartíamos preservativos Tulipán, en vez de folletos. 

Y así fui acompañándola, casi sin darme cuenta, en muchas de sus trayectorias. Años más tarde, también la ayudé con sus relevos de investigación en hospitales como la Sardá, el Argerich entre otros. Ahí buscábamos las respuestas para la sociedad, para decirles por que debíamos tener la elección nosotras las mujeres sobre nuestros cuerpos y, mi madre, lo quería elevar en sus escritos académicos y su investigación, y así fue. Ahí fue pionera y era atrevida porque nos metíamos con Elsa y Cristina dónde no querían que nos metamos, porque esos registros que buscábamos denotaban que sin derechos y con desconocimiento esto nunca podría cambiar. Y Susana mi madre lo quería cambiar, porque era injusto y ella odiaba las injusticias, le dolían y eran en parte su leitmotiv para seguir al frente, marcando la diferencia y enalteciendo los Derechos de las mujeres y las minorías.

Agustina.

Te pienso y te siento

Vicky Guzmán

 

 

Querida Susana, querida amiga:

Te adelantaste una vez más y la pandemia impidió que nos encontráramos en estos momentos tan significativos en una amistad, cuando hay que despedirse por mucho tiempo.

Te pienso y siento en Lima, en Puno, en Villa el Salvador y en Buenos Aires, frente al hermoso jardín zoológico. Me acuerdo llegando a tu casa de Lima para integrarme al equipo formado por ti y Gina para realizar una evaluación de proyectos de UNICEF en Puno y Villa Salvador, creo. Nos afiatamos mucho en nuestras diferencias y nos reíamos mucho, éramos colegiales en un internado. Nos enfrentamos en Puno a los prejuicios sobre los blanquiñosos limeños, pero logramos hacer una fuerte relación con las mujeres de las comunidades, pese a la presencia de un traductor. Sentíamos que nos unía la humanidad y la común experiencia de ser mujeres

Cuando te conocí, me encantó tu departamento de San Isidro, tu perro bóxer (después yo tuve uno), Agustina y Jorge. Era muy acogedor y libre, y con una fuerte impronta de profesionales de Naciones Unidas y con experiencia de gobierno. Gina y yo veníamos de Flora Tristán, pero nos acercamos rápidamente. Alguna vez me prestaste un lindo saco para un evento. Tantas conversaciones, como compartimos las tres, las buenas y las malas. Me acuerdo de Antonio, mi hijo de la edad de Agustina, tomando una tina juntos. ¡Qué lindo recuerdo!

Combinabas tan bien los intereses y convicción en los temas que trabajabas, y cierta voladura para lo cotidiano que me encantaba, porque me identificaba contigo. Pero tenías una fuerza increíble para enfrentar embates duros en la vida. Todo lo que llegaba, lo enfrentabas. 

En Buenos Aires, en tu departamento donde dormí algunas veces, me sentí muy acogida durante la enfermedad de Eugenia y tengo que decir que nunca comí asados más ricos, regados y distendidos. Tampoco fui a cumpleaños tan delicadamente preparados. 

Susana, supongo que debería hablar de tus grandes aportes al estudio y movilización a favor de los derechos sexuales y reproductivos, fuiste una verdadera pionera, pero en este momento me conecto con esa adorable y sorprendente persona, tan querida, tan Susana, tan ella. Me duele tu partida, con ella se van parte de mis recuerdos y sentimientos.

Te quiero Susana, te quiero Jorge, te quiero Agustina.

Vicky

 

 

 

 

Los disfrutes de la Memoria

 

Mary Carmen Feijoo

 

Cuando llegué a la Facultad de Filosofía y Letras en el año 1963, Susana ya estaba ahí, con un grupo de amigas que después la habría de acompañar muchos años. Militamos en la misma organización estudiantil, pero amigas-amigas no éramos. Sin embargo, era una figura conocida y presente. O sea, yo sabía quién era Susana e imagino que Susana tenía alguna visión sobre quien era yo. Como me fui pronto de la Facultad, la dejé de ver muchos años, aunque seguí la participación que ella tuvo en la política estudiantil y, más tarde, la política académica.

Pero el tiempo pasó y Susana era parte de mis recuerdos de esos dorados tiempos estudiantiles. Ella se exilió, yo -como dice alguien – me “insilé”, así que hubiera sido muy difícil el reencuentro. Hasta que, en el año 1982, fui al II Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que tendría lugar en Lima. La sorpresa fue que Susana estaba en el aeropuerto esperando a uno de los grupos de argentinas que llegábamos. Y, de manera inesperada y sin que yo hubiera pedido nada, me estaba reservando un lugar en su propia casa para que me alojara hasta ir al destino definitivo del Encuentro. Mi sorpresa fue absoluta, enorme generosidad de parte de alguien con quien yo no había tenido convivencia previa. Y ahí, en ese magma inolvidable que fue el Encuentro, empezamos a hacernos amigas. Intermitentemente, porque con los avatares de nuestras sociedades, no es fácil garantizar líneas de continuidad de los afectos y de las prácticas sociales. Feministas las dos, en los turbulentos 80 y 90, coincidimos en nuestros intereses y compromisos en las políticas sociales y en el desarrollo de una praxis feminista. Ella puso siempre el tono afectivo, buscando profundizar la relación, invitando a comer a su casa – inolvidable anfitriona – valorando mucho esos aspectos que tal vez para mí, que corría mucho de un lado a otro, no eran tan fáciles de concretar.

Después, las idas y venidas de los posicionamientos políticos nacionales a veces nos acercaron y a veces nos alejaron, pero siempre fue indisoluble para cada una de nosotras y para las dos, el compromiso feminista. Ya en los 2000, época de otros avatares nacionales, y a partir de mi desempeño en la oficina del Fondo de Población de Naciones Unidas en la Argentina, comenzamos a trabajar – como se dice en la jerga burocrática- programáticamente. Ella formaba parte del grupo CoNdERS, que monitoreaba el estado de la salud sexual y reproductiva de las mujeres en Argentina y las luces y sombras de implementación de las nacientes políticas sobre derechos sexuales y reproductivos. Y nos reuníamos periódicamente para evaluar y encontrar nuevos caminos para esa difícil tarea. A lo largo de este largo periplo, las dos sabíamos también de las luces y sombras de nuestras propias vidas privadas, tanto de pareja y como mujeres, madres, y obviamente ciudadanas. Mientras tanto, ella continuaba de manera incansable su actividad académica sobre los problemas de género.

En los últimos años, un grupo de jóvenes sociólogas desarrolló un programa sobre las Pioneras de la Sociología en Argentina y en el grupo de las seis seleccionadas estábamos Susana, junto a una de sus grandes amigas Alcira Argumedo y yo. De modo que el último recuerdo físico que tengo de ella fue la presentación del programa y el video en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Ahí, Susana, con su reconocida empatía hizo una presentación desopilante sobre algunos aspectos de nuestra vida estudiantil. Focalizada, seria, pero siempre con una chispa inesperada, contó su aventura cuando por desestimar al personaje de la dictadura que le iba a entregar el título de socióloga y negarse a darle la mano, se cayó del estrado en el que estaba teniendo lugar la ceremonia. En fin, no hubo tiempo ese día para ir a tomar un trago como nos hubiera gustado y después, definitivamente ya no hubo tiempo más que para los llamados telefónicos para saber sobre su salud. Qué pena haberla perdido sin haberla disfrutado más. Para las y los que no la conocieron, en www.rumbosur.org/pioneras pueden disfrutar las buenas memorias que nos deja Susana.

Mary Carmen 

 

 

 

 

Susi, sigues estando…

 

Gina Vargas

 

Susana Checa nos dejó recién,  pero aún está, y estará, entre nosotrxs. Amiga entrañable, solidaria, generosa, además de excelente intelectual, feminista luchadora por los derechos de las mujeres, especialmente los derechos del cuerpo, tan enormemente resistidos. Yo la conocí hace ya 40 años, cuando llegó, exiliada, a Perú. Con su pareja de 50 años, Jorge Carpio, queridísimo compatriota. Y con Agustina, adorable, que recién cumplía un año. 

Ya habíamos iniciado la construcción del movimiento feminista en el Perú; ya habíamos formado el Centro Flora Tristán. Casualidades del destino, nos comenzaron a juntar. Una evaluación de UNICEF sobre los programas de Wawa Wasi y Wawa Uta iniciados en Puno en la década de los 70 y trasladados a Lima, a los barrios populares en el lejano 1983, nos puso en contacto. Virginia Guzmán, Susana Checa y yo éramos el equipo evaluador. 

 

Desde el comienzo hubo tremenda empatía, por su calidez, enorme solidaridad, sentido particular del humor, y capacidad intensa de trabajo. Iniciamos este “descubrimiento” conjunto de realidades impensadas en las zonas urbanas y en las zonas rurales.  En Lima, eran mujeres de los barrios las que tenían la responsabilidad del funcionamiento de los programas, y lo hacían muy adecuadamente, recibiendo pequeños pagos por el tiempo dedicado; los hombres no se interesaban porque consideraban que esa “propina” era propia de mujeres y no de trabajadores.  Sin embargo, en las comunidades de Capachica, Puno, donde nos tocó evaluar, constatamos que los programas estaban dirigidos por hombres porque daban prestigio en las comunidades. Desde el comienzo tuvimos que vencer la desconfianza de la comunidad y sus autoridades en estas tres mujeres que venían desde Lima, que según ellos (y nosotras), poco sabíamos de su realidad. Logramos finalmente que nos tuvieran más confianza. El humor de Susana tuvo su parte en ello, más de una vez nos hizo reír en los momentos más azarosos. ¡Nos explicaron que las mujeres no estaban porque no tenían experiencia en salud! Y en ese momento, el promotor del Wawa Uta, mientras explicaba su desempeño y la cobertura de primeros auxilios a la comunidad, en un brusco movimiento resbaló y cayó al terreno fangoso por las lluvias recientes. Con tremendo dolor, no podía pararse. Así que llamaron a la vieja y sabia Curandera. Lo miró, le hizo limpia, le pasó el cuy (pequeños conejillos que tienen en su cuerpo el don deradiografiar los cuerpos humanos) por todo el cuerpo y, al abrirlo, el daño estaba reflejado: se había roto el omoplato. 

Esta experiencia, de muchos días, entre pueblo y pueblo, comunidad y comunidad, nos dio una tremenda cercanía y complicidad, conversando todo el tiempo, con unas copitas de pisco en las noches para matar el frío; los intercambios reflexivos, de cómo hacerlo mejor, como lograr que las mujeres tuvieran más reconocimiento en las comunidades, como lograr que los hombres en las zonas urbanas no despreciaran estos Wawa porque allí estaban las mujeres, etc.   

 

De vuelta a Lima, en todo ese rico e inédito proceso de construir movimiento feminista, la calle era nuestro sitio de protesta. Más de una vez la política nos reprimió… Susana, feminista solidaria y comprometida, fue muchas veces parte de estas protestas callejeras, estaba con nosotras en las movilizaciones, en los talleres, en Flora, en las búsquedas y formas de construcción de ese sujeto feminista en formación, en el intensamente recordado II Encuentro Feminista Latinocaribeño, de 1983, apoyando en logística, en cuidados, en atención a las que iban llegando. Era una más del equipo y eso era invalorable.

Su casa, en la calle Las Palmeras, en San Isidro, era nuestro sitio constante de reunión, de trabajo y de relajo. Susi era una cocinera estupenda; intercambiábamos recetas porque a mí también me gusta cocinar, pero, aunque ella aprendió perfectamente la sazón de la comida peruana, yo nunca pude tener su “toque” para los platos que ella generalmente improvisaba.  Allí Jorge siempre nos acogía. Y Agustina, aun pequeña, era nuestra engreída.  

Cuando regresaron a Buenos Aires, una vez conquistada la democracia, sentí que se me iba una amiga insustituible. Mucha de nuestra cotidianeidad se fue, pero nunca la perdimos del todo, pues seguimos en contacto permanente. En cada uno de mis viajes a Buenos Aires nos juntábamos, ya sea que me alojaba en la casa o que, estando en otro sitio, estábamos en conexión permanente, en cenas, almuerzos o simplemente tragos largos y conversados.  Y nos hablábamos por teléfono, mucho más cuando tuvimos conexión de Whatsapp. Hablé con ella una semana antes de su partida. ¡Y, dos días antes, la llamé, preguntando como seguía, pero no pudo contestar porque estaba descansando! Y hablando con Jorge, yo sentía que ella me mandaba abrazos desde allí. 

En Buenos Aires Susi siguió con lo que ya había comenzado en Perú: la incidencia feminista en el tema preferido por ella y del cual fue una de las pioneras: salud y derechos sexuales y reproductivos. Su primer libro sobre aborto, con Martha Rosemberg, otra queridísima feminista, se publicó en 1996. O sea, la lucha por el derecho al aborto, tan impactante y exitosa en Argentina, tiene a Susi como una de sus pioneras, y sin duda también a Martha Rosemberg y varias más. Al volver, rápidamente entró a ser profesora universitaria, militante política, parte incansable de iniciativas democráticas (FOCO entre ellas).

No haber tenido la continuidad de nuestra amistad en Lima fue doloroso, pero la continuamos, desde donde estábamos, a lo largo de los años. No tener a Susi ahora en Buenos Aires me parece insólito, una pérdida definitiva, y me llena de tristeza.  Jorge y Agus siguen, con ellos seguirá nuestra amistad. Pero quisiera que ellos vinieran a Lima, para acogerlos como Susi, además de Jorge y Agus, me acogían en la avenida Santa Fe, nada menos que frente al Botánico de Baires… allí iré algún día también para recordar a Susana desde la terraza y brindar por ella. 

Gina 

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Susana Checa: la apuesta por la vida.

 

María Alicia Gutiérrez

 

Susana Checa, socióloga argentina, falleció el día 22 de julio de 2021. Esta pérdida, junto a otras de su generación en este corto tiempo, significa un momento doloroso para la sociología argentina. Susana, de reconocida trayectoria, recorrió como estudiante, docente, investigadora y activista buena parte de la historia de la sociología institucionalizada dentro de la Universidad de Buenos Aires.  Representa una pérdida muy importante para el desarrollo de la sociología en Argentina que ha reconocido muchos años de trayectoria, trabajo, formación y esfuerzos puestos en múltiples espacios universitarios y activistas.

Conocí a Susana cuando se iniciaba la transición democrática en Argentina. La carrera de Sociología, que post golpe militar deambuló por diferentes edificios y nominaciones administrativas, dependía del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires. Se sostuvo con la persistencia de un alumnado exiguo en relación a la tradición en la antigua Facultad de Filosofía y Letras. Entre los cambios  para quienes cursamos parte de la carrera en esos tramos nefastos de la historia argentina, estaba la realización de una tesina de grado. Esa tarea resultaba muy difícil dado que las direcciones, en general, estaban a cargo de profesores con quienes no coincidíamos ni teórica ni políticamente, lo que se expresó en demoras de años para concluir el grado. En la apertura democrática retornaron grupos importantes de sociologues exiliades que habían tenido un desarrollo profesional en el país de asilo. Entre elles estaba Susana. La Facultad tomó la decisión de armar seminarios temáticos para agilizar y normalizar la posibilidad de acceder a la licenciatura. Mi ser “casi” socióloga era tan confuso que estaba trabajando en un servicio de salud, intentando inventar, sin herramientas, esa función en el equipo. Así llegué al Seminario de Susana y Graciela Biaggini referido al campo de la salud. Fue una muy linda experiencia que se tradujo en una investigación sobre salud materno-infantil en un barrio y en que por primera vez experimentábamos salir al “campo”. De tres meses de trabajo para lograr la anhelada licenciatura, quedó una cálida relación que se fue recreando durante años. Susana era una referencia en el campo de la sociología de la salud, con una base importante en su cátedra y equipos de investigación en la UBA, desde los orígenes de la Facultad de Ciencias Sociales donde se incorporó Sociología. Mi recorrido, más ecléctico, y sin anclaje en una especialización (siempre me interesó la sociología política) hizo que trabajara con ella intermitentemente en proyectos de investigación o en algunas otras propuestas donde siempre, con mucha consideración, me invitaba a participar. Al jubilarse pasó a ser Profesora Consulta de la Universidad de Buenos Aires e inició una tarea muy activa, dirigiendo maestrías, en la Universidad de Tres de Febrero (UNTRTEF). 

El activismo en los años 90 en el Foro por los Derechos Reproductivos nos acercó en un tiempo de acción política que se tradujo en debates, producciones, encuentros, comidas y largas discusiones sobre el análisis político y las estrategias. No compartíamos la misma posición política (Susana siempre fue peronista: desde las cátedras nacionales en los años 70) pero eso no impedía dialogar, interlocutar, intercambiar ideas y finalmente producir investigaciones, informes y aportes a decisores tanto políticos como en las instituciones de salud.

El tema del aborto, las investigaciones sobre el mismo y la lucha prolongada hasta que se legalizó en diciembre de 2020, fue otra instancia de encuentro. Susana siempre apoyó (aunque no fue de las militantes activas) la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito desde una posición de género, autonomía, derechos humanos y de salud integral.

Compartimos muchos momentos (con otras queridas colegas) donde no siempre lográbamos acuerdos. Susana era muy firme en sus ideas, diría que hasta testaruda, y no siempre era fácil arribar a conclusiones consensuadas. La posibilidad del diálogo, el tiempo que fuera necesario, los rodeos que giraban en nuestras conversaciones, lograban que finalmente, pudiéramos acordar.

Otras veces las miradas congruentes fluían fácilmente. Disfrutaba mucho las reuniones del equipo que Susana supo armar y sostener en el tiempo, aun con problemas de salud. Los encuentros se realizaban en su estudio (en su casa), en un espacio cálido, acogedor con una preciosa vista al bosque y el cielo que hacían de esos momentos instancias muy relajantes. Su biblioteca, una gran tentación, era desperdigada por Susana para quien la necesitara. Sus libros circulaban de mano en mano. Amiguera, querible, muy solidaria, siempre había visitas de algún lugar del mundo que Susana alojaba con gran afecto.  

Siempre sentí que me reconocía y eso lo manifestaba en las invitaciones a formar parte de los equipos de investigación, mesas redondas, artículos etc. De mi parte, existía el mismo respeto, consideración, afecto y el saber que siempre estaba ahí con su mirada atenta y dispuesta a abrir el juego a todes. 

Siento una enorme pena con su partida. Nos queda recordarlas y valorar en su justa medida sus aportes a la sociología de la salud en Argentina y América Latina. 

María Alicia 

 

 

 

 

 

Susana, la coherencia de su rebeldía

 

 

Lila Pastoriza

Conocí a Susana a inicios de los años sesenta en la carrera de Sociología la Universidad de Buenos Aires. Ella la cursaba desde tres años antes y yo la iniciaba tras abandonar la Facultad de Derecho. Allí nos hicimos tan amigas que lo seguimos siendo siempre, en las buenas y en las malas. Hasta hoy, cuando ella ya partió, tenemos largas charlas caminando por la calle, discutiendo algunas veces y también riéndonos de nosotras mismas. Y todo esto en el mundo actual, tan diferente al de antes, aquel que queríamos transformar de arriba a abajo, el de la revolución a la vuelta de la esquina.  Claro, no fue así y el costo fue terrible. Pero nuestros sueños persistieron, la igualdad y justicia siguió siendo el horizonte compartido. ¿Los caminos? Algunas veces los mismos, muchas otras diferentes. Y en las circunstancias más diversas.

 

Susana incorporó tempranamente el sello de aquellos años rebeldes con decisión y firmeza.  De entrada, dejó atrás la educación religiosa y conservadora impuesta por su familia, desafió la moralina sexual de la época, ingresó a la Universidad pública y a los debates específicos de la Sociología, se incorporó intensamente a las discusiones políticas que atravesaban la militancia estudiantil.  Desde entonces, aun con algún altibajo, ése fue su modo de vivir:  coherencia en sus convicciones, trabajadora incesante y entusiasta. Y lo fue para toda la vida: desde su exilio en Perú y en adelante dedicaría su enorme actividad académica y política a los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. Y entonces comenzaría otra historia. (En estos días me he preguntado si el empuje y tozudez con que abordó los obstáculos en esa tarea tendría algún punto de contacto con el enfrentamiento al asma que sufrió desde niña).

A lo largo del paso de los años, la amistad fue casi un ritual. Susana y yo integramos grupos de amigxs de gran solidaridad, compañerxs de estudios, de militancia y de la vida. Hubo situaciones en las que su aporte fue decisivo. Como cuando en 1972 se logró obtener la liberación de Eduardo Gózame, mi marido, que había sido secuestrado por un comando militar. O durante la última dictadura, cuando lo condenaron a ocho años de prisión y Susana, Jorge Carpio y otrxs compañerxs desde los exilios montaban campañas por su libertad. En 1976, ya exiliada Susana en Perú, regresó por unas semanas a una Buenos Aires en pleno terror. Yo estaba en la clandestinidad, pero nos arreglamos para vernos, ayudarnos y combinar un modo de hacerle llegar noticias de lo que aquí ocurría. Y funcionó. En 1977 fui secuestrada por un comando de la ESMA y liberada tras casi un año y medio. No recuerdo cómo, pero Susana lo supo. En 1980, ya en México, ella y Jorge viajaron allá. “Yo sabía que estabas viva. Me lo dijo una bruja”, contó Susana contentísima.  Y nos encontramos. Hasta ahora. 

Lila

 

 

 

 

 

Hasta Siempre Susana

 

 

Martha Rosemberg 

 

No recuerdo como conocí a Susana. Olvido en que mi actual desmemoria la reúne con tanta gente querida y que ya no puedo evocar claramente. Creo que fue cuando formamos parte del grupo inicial del Foro por los Derechos Reproductivos en 1991, con Silvina Ramos, Silvia Cóppola, y varias más. O a lo mejor antes, en alguna de las Jornada de Atención Primaria de la Salud, donde di mis primeros talleres sobre anticoncepción y aborto. Siempre tuvimos amistades comunes, pero creo que mi relación más intensa con ella comenzó en 1995, con nuestra colaboración para publicar el libro “Aborto hospitalizado. Una cuestión de derechos reproductivos. Un problema de salud pública.” Susana me contrató para hacer una lectura feminista de su investigación sobre abortos hospitalizados en la ciudad de Buenos Aires, hecha durante el gobierno de Menem y disimulada con otro nombre de manera cuasi clandestina para ser auspiciada por el Consejo Nacional de la Mujer; financiada por el UNFPA, cuyo delegado era un inglés que había conocido en Lima a través de su esposa peruana. La publicación se hizo con el auspicio institucional de ADEUEM[1] y el Foro DDRR y la editorial El cielo por asalto, que era de mi compañero. 

 

Describo todo esto para ilustrar la impresión que me causó la capacidad de Susana para organizar toda una red facilitadora con los recursos que su generosidad y su amistosa sociabilidad ponían a su alcance para lograr su objetivo en un medio político tan decididamente hostil. El aborto era un tema prohibido y silenciado: había muy pocas personas que investigaban y que publicaban sobre él, salvo en medios académicos y mucho menos con un enfoque feminista. Se presentó con un panel de lujo (S. Ramos, B. Sarlo…) en el emblemático sótano de la librería Gandhi donde alguien, que nos conocía a ambas, manifestó su asombro por que hubiéramos podido lograr hacer juntas nada menos que un libro que tenía la audacia de poner en 1995 la palabra “aborto” en la tapa. Creo que ese trabajo en común selló nuestra amistad y fue la base de todo lo que después compartimos.

Que fue mucho: el Comité Coordinador del CoNdERS durante 8 años, un par de investigaciones de UBACYT[2], sus invitaciones a dar clase en su pionero Seminario sobre aborto en Ciencias Sociales, varios proyectos de publicaciones. Siempre sentí que Susana me adoptaba generosamente. Ella aportaba su capacidad organizativa y expertise sociológica y yo mis comentarios e interpretaciones. 

 

Esta relación nos llevó a una amistad en la que además compartíamos el amor a una comunidad territorial marcada por la pasión del Botánico desde veredas y vistas distintas. Pero para mí era clarísimo que era el mismo verde que nos acompañaba en el trabajo, por largos períodos, cotidiano. Las infaltables comidas riquísimas y las bebidas con que convidaba, la generosidad con los libros y revistas en épocas anteriores al Google, las amistades y relaciones que se ocupaba de promover.  Me avisaba e invitaba cuando estaban Gina o Vicky en su casa, u otras personas con quienes sabía que compartía intereses o tenía historia política común, aunque no siempre convergente. Estábamos cerca, no solo territorialmente, sino en la trama común de una prehistoria personal que en muchos casos ni siquiera conocíamos. Una generación a la que ambas pertenecíamos, y a veces en posturas diferentes. En algunas situaciones personales muy difíciles pudimos compartir ansiedades y angustias que nos acercaron afectivamente. Y también festejos que celebraba con mucho talento. Le he envidiado su vocación de compartir su mundo afectivo y emocional y su capacidad de trabajo.

 

La última vez que la vi, unas semanas antes de su muerte, hacía mucho que no nos veíamos y hacía poco que yo sabía lo enferma que estaba. Nos pusimos muy contentas de encontrarnos, y yo de verla con tan buen aspecto y tan animosa. Ese encuentro reciente me permitió recordar nuestras andanzas en común con alegría reparadora. Volví a leer nuestro libro y a sentir su marca en el camino en el que nos acompañamos. 

 

Martha

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[1] Asociación de Especialistas Universitarias en Estudios de la Mujer.

[2] Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires.