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Transformar los cuidados, ampliar la autonomía feminista

Julieta Pollo

Las feministas y expertas argentinas Ana Falú y Virginia Franganillo reflexionan sobre trabajo de cuidados en Argentina. Desde sus campos de estudio, abordan cuestiones como la relación entre la organización social del cuidado actual y la autonomía de las mujeres, los ejes del anteproyecto de ley hacia un Sistema Integral de Cuidados, qué elementos puede aportar el urbanismo feminista en la construcción de ciudades más igualitarias, entre otros. 

Históricamente, las tareas de cuidados recaen casi exclusivamente en las mujeres. Determinantes en la feminización de la pobreza, el tiempo y la energía que dedican a las tareas de cuidados impacta en sus posibilidades de acceder al ámbito educativo y laboral remunerado, participar y desarrollarse con libertad y en igualdad de condiciones. Transformar la organización social de los cuidados así como visibilizar y poner en valor este trabajo es clave para reducir la brecha de género y construir un mundo más justo e igualitario.

El sector de cuidados es, al mismo tiempo, el más invisibilizado y desprotegido -ni reconocido ni remunerado-, y el de mayor peso en la sostenibilidad económica de un país. En Argentina, el trabajo de cuidados genera un 15,9% del PBI (unos $4 billones)[1], por arriba de otros sectores como Industria (13,2%) y Comercio (13%), según un informe publicado en 2020 por la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género. Según el Informe “Los cuidados, un sector económico estratégico”, que toma datos de la última Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU) de 2013, el 75,7% de estas tareas son realizadas por mujeres, lo cual les insume a las argentinas más de 96 millones de horas, sin percibir remuneración alguna.

El trabajo de cuidados es un tema que los feminismos vienen posicionando fuertemente en Argentina. Si bien los avances son lentos frente a la enorme y urgente desigualdad, se presentó la campaña “Cuidar en Igualdad”, el Programa Integral para el Reconocimiento de Aportes por Tarea de Cuidados, el Mapa Federal del Cuidado (una herramienta interactiva que permite geolocalizar los espacios de cuidados disponibles en el país) y se está elaborando un anteproyecto de ley hacia un Sistema Integral de Cuidados con Perspectiva de Género. Su comisión redactora compuesta por expertas trabaja en la búsqueda de consensos para generar políticas públicas que reconozcan al cuidado como una necesidad, un trabajo y un derecho; y que permitan redistribuir de manera igualitaria el cuidado entre varones, mujeres y otras identidades. Algunos de los temas que abordaría esta ley son la provisión pública de servicios de cuidados para primera infancia, personas mayores y con discapacidad; políticas para que los varones tengan mayor responsabilidad para realizar las tareas de cuidados; políticas para que las tareas de cuidados sean reconocidas como un trabajo y políticas de protección social para las personas que cuidan. 

¿Cuáles son los ejes sobre los cuales se asienta el anteproyecto de ley? ¿Qué actores intervienen? ¿Cómo afecta la organización social del cuidado actual a la autonomía de las mujeres y a la feminización de la pobreza? ¿De qué manera inciden los factores territoriales en el tema del cuidado? ¿Qué elementos puede aportar el urbanismo feminista en la construcción de ciudades más igualitarias? Conversamos con Virginia Franganillo y Ana Falú, expertas y feministas argentinas de largo recorrido, para avanzar sobre estos y otros interrogantes.

Ana Falú y Virginia Franganillo

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Ana Falú y Virginia Franganillo

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Ana Falú es Profesora Emérita por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Es arquitecta, académica, feminista y activista por los derechos humanos y de las mujeres. Fundadora y Directora Ejecutiva de CISCSA, ONG especializada en urbanismo feminista y Derecho de las mujeres a la ciudad. Además de ser co-fundadora de la Red Mujer y Hábitat de América Latina y el Caribe y de la Articulación Feminista Marcosur, integra numerosas redes nacionales, regionales y globales abocadas al hábitat, coordinando en muchas de ellas las áreas vinculadas a mujeres, géneros y diversidad (Plataforma Global por el Derecho a la Ciudad, UN Habitat, entre otras). Es investigadora y profesora de la Universidad Nacional de Córdoba, donde es Directora de la Maestría de Gestión y Desarrollo Habitacional -Vivienda y Ciudad-. Integra la Comisión Asesora ad honorem del Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidades.

Virginia Franganillo es feminista, militante política peronista, socióloga, especialista en estudios de la Mujer y directora del Observatorio de Género y Pobreza de la Universidad Nacional de San Martín. En 1992 creó el Consejo Nacional de la Mujer, primer organismo jerarquizado de género a nivel nacional en Argentina. Lideró la ley de cupo -pionera en el mundo-, el primer Plan de Igualdad de Oportunidades para la Mujer en la región, y presidió la Red de Oficinas de Gobierno de la Mujer en América Latina para el Cono Sur. Hoy integra la Comisión Redactora del Anteproyecto de Ley para un Sistema Integral de Cuidados con Perspectiva de Género.

La condición urgente de los cuidados

Virginia Franganillo y Ana Falú comienzan diciendo, contundentes, “la organización social del cuidado es injusta en términos de género y sociales”. Cada una desde su campo de estudio, irán desarrollando y proponiendo miradas sobre los cuidados, la economía, los territorios, la redistribución y la igualdad. 

Franganillo explica de manera sintética qué es el Sistema Integral de Cuidados: “El objetivo de este Sistema es asumir funciones indelegables y generar un cambio de paradigma en aquellas actividades que culturalmente, en términos sociales y económicos, se les asignan a las mujeres. Pasan a ser responsabilidad indelegable del Estado e incentiva la redistribución entre los distintos actores de los cuidados: sector privado, provincias, comunidad, y hacia adentro de la familia también. La redistribución es entre actores sociales y dentro de la propia familia. La ley va a promover un programa de política pública avanzando fuertemente en la definición y reconocimiento de algunos tipos de trabajo que no tenían reconocimiento. Tiene que haber un plan después para la post pandemia y se tienen que discutir presupuestos. Esta es una ley con presupuesto, sería bueno que el movimiento social pudiera incidir en el debate sobre el presupuesto. Tenemos que empujar los cambios porque las necesidades son enormes”.  

La experta e integrante de la comisión redactora del anteproyecto de ley asegura que “la política pública está en marcha” y que este sistema entrelaza todo tipo de medidas que involucran a distintos actores del diamante de cuidados (sector público, sector privado, organizaciones, comunidad): “Creamos la comisión de cuidados que instaló la agenda de cuidados en el gobierno. Es una comisión muy interesante e importante porque está toda la representación de senadoras, diputadas, gobierno, sindicatos esenciales y de cuidados, movimientos sociales, institutos. Están las históricas del feminismo y las primeras economistas feministas. El proceso que venía armándose cuando se crea el Ministerio de las Mujeres se intensifica con el debate que abre el anteproyecto de ley. Fue participativo, invitó al diálogo y se fue fortaleciendo con medidas concretas. Se convocó a las provincias, al sector privado y a las organizaciones de la comunidad. El sistema es un desafío muy original, abre un proceso de sensibilización y concientización. Es una batalla cultural romper con la división sexual del trabajo y es un tema que hay que seguir legitimando. Argentina es un país en el que hay mucho por hacer, más allá de que haya salud y educación pública. En sectores populares la oferta estatal para infancias es del 7%”.

Comisión Redactora del anteproyecto de Ley del Sistema Integral de Cuidados con Perspectiva de Género

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Comisión Redactora del anteproyecto de Ley del Sistema Integral de Cuidados con Perspectiva de Género

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La socióloga estudia hace años la feminización de la pobreza e insiste en incluir la economía del cuidado y la perspectiva de género en las políticas públicas. “Tenemos que seguir construyendo legitimidad y acelerar el debate. No queremos resolver estos temas en un plan estratégico a 20 años, estos temas son urgentes. Hay un 60% de chicos, chicas y chiques pobres en Argentina, que pierden la posibilidad de una vida digna que merezca ser vivida. Es la condición urgente que tienen los cuidados en Argentina y de enorme reactivador de la economía, de la igualdad, de la disminución de la pobreza. Los cuidados resuelven dos problemas fundamentales de la Argentina: que el país no crece y que tiene graves problemas sociales. Se trata de debatir y disputar cómo crece y cómo sale la Argentina de esta situación tan tremenda: romper con una visión muy clásica del desarrollo económico y apostar a recetas feministas. Y para esto tenemos que colocar el tema no sólo para las mujeres, sino para toda la sociedad”, concluye la socióloga. 

 

El cuidado en el centro de la agenda

 

Desde el campo del urbanismo feminista y el Derecho de las mujeres a la ciudad, Falú nos ayuda a pensar cómo los territorios que habitamos influyen y condicionan -interseccionan- los modos de habitar de las mujeres y diversidades. Ana Falú sostiene que lo primero para ella es el reconocimiento de las asimetrías naturalizadas en la sociedad entre varones y mujeres. Ella complejiza cuánto y cómo la carga de trabajo de cuidados afecta la autonomía de las mujeres, entre los muchos factores que demandan análisis: “Si las mujeres entregan más horas que los varones a las tareas de cuidados, van a tener menos autonomía para dedicarse a sus propios proyectos, estudiar, hacer vida política, trabajar o recrearse. Y en esto las condiciones del territorio son centrales: dónde viven las mujeres, quiénes son, cuáles son sus condiciones de vida, los lugares donde habitan, la localización de sus viviendas, la cobertura de servicios de infraestructuras de cuidados, la accesibilidad en esos territorios. Las mujeres somos muchas y muy diversas, y el análisis en la intersección con las condiciones de vulnerabilidad o no de los territorios en las ciudades desiguales de nuestro país, agudizan disparidades. El feminismo aportó conceptos para la interpretación y abordaje de los cuidados, esos que la pandemia ha evidenciado como una carga adicional de trabajo en la vida de las mujeres. Me refiero a la división sexual del trabajo y sus implicancias en la vida cotidiana, a la herramienta potente del uso del tiempo que nos brinda evidencias de las sobrecargas sobre las cuidadoras, las responsables de la reproducción social, mucho más crítica en aquellos territorios que están desprovistos de servicios, equipamientos, infraestructuras de cuidados y, además, a grandes distancias. Entonces, el tiempo, ese bien escaso en la vida de las mujeres, se tensiona y se convierte en un déspota de los destinos de las decisiones de las mujeres sobre sus propias vidas”. 

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En este sentido, la experta asegura que el urbanismo feminista busca significar la vida cotidiana de las personas en la planificación urbana, lo cual contribuiría a una redistribución más equitativa de los cuidados. “Es necesario comprender cuánto de estas infraestructuras y la planificación de las ciudades reproducen las desigualdades de género agudizando situaciones de subordinación y de sobrecarga de tareas en la vida de las mujeres. El urbanismo feminista pone en el centro de la agenda el tema del cuidado, porque pone en valor la vida cotidiana, que implica el cuidado y la atención de otras personas dependientes o no. Esto significa trabajar algunos atributos urbanos en particular. Uno de ellos, central, es la proximidad que tiene que ver con las distancias de los servicios y equipamientos del lugar donde viven estas mujeres y sus familias, sobre todo las mujeres en situación de pobreza o aquellas únicas responsables de sus familias, las jefas de hogar que son más un tercio de los hogares de América Latina según CEPAL”, puntualiza Falú. 

 

Y agrega: “Entonces, hablamos de una ciudad que reconozca, valore y redistribuya el trabajo de cuidado de personas dependientes y el comunitario, que es asumido principalmente por las mujeres. El cuidado debe ser una responsabilidad pública y social, por sobre lo individual, a desarrollar por todas las personas e incluidas y presupuestadas en las políticas públicas, sin embargo no sólo: es decisivo reconocer las iniciativas colectivas, comunitarias, barriales y asignarles valor. El gran desafío es cómo rupturamos la división del trabajo reproductivo y productivo. Marta Lamas plantea la ‘paridad en lo doméstico’, así como levantamos la consigna de la paridad política. Es necesario comprender la sinergia e interrelación de estas disparidades con las condiciones de los territorios, esos distintos fragmentos urbanos, algunos de obscenas riquezas y otros de carencias de derechos ciudadanos. Estamos convencidas de la importancia de incidir en las políticas urbanas, no sólo las sociales y el reconocimiento del cuidado como un derecho, sino vincularlo al urbanismo y las formas de pensar las ciudades y los barrios. Romper el pacto patriarcal también con información situada, dar cuenta de las vulnerabilidades territoriales. En particular los barrios, esos lugares en dónde se construyen los vínculos, se articulan redes de ayuda, de colaboración, se refuerzan lo que llamo ‘las huellas empáticas del cuidado’ de las mujeres, las que han existido siempre. Hay que ponerlas en valor, con estrategias de reparación, reconocimiento de las prácticas comunitarias, la difusión y comunicación, campañas para transformar el mundo simbólico y la redistribución en los territorios, la cual es también económica-financiera. Los territorios tienen vulnerabilidades medibles -estamos trabajando en ello desde CISCSA-, como población por debajo del NBI (Necesidades Básicas Insatisfechas), población migrante, escasez de recursos económicos, viviendas deterioradas o hacinadas, carencia de servicios, de transporte, de accesibilidad, salud, educación, cuidado infantil, cuidado de adultos mayores… en estos territorios se agudizan las carencias ciudadanas”. 

 

Cuidados comunitarios

 

La Directora de CISCSA habla de la huella empática del cuidado y de la escala barrial del territorio: “Preguntarnos cuál es la escala más eficiente para el abordaje del cuidado en los territorios... pareciera que es la de los barrios, esa escala de la proximidad, de la vida cotidiana, esa escala donde se reanudan los vínculos, donde se tejen las solidaridades, donde las mujeres construyen y reconstruyen la huella empática del cuidado. Siempre las mujeres hemos cuidado y siempre lo hemos hecho buscando redes, la colaboración entre nosotras, incluso en las distintas clases sociales. Las mamás taxi, las mamás que cuidan a otros niños, las abuelas cuidadoras a quienes, en algunos países como en Suecia, se les reconoce un salario por encima de sus pensiones cuando atienden o dedican horas al cuidado de sus nietos y nietas”, agrega. 

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Esto nos lleva a una cuestión clave: la importancia de los cuidados comunitarios. Falú aborda este tema y pone en el centro el rol de las mujeres, su participación y la construcción de sus liderazgos. “Basta ver los barrios populares de nuestro país, las donaciones comunitarias de ropa, el vaso de leche, el comedor, el cuidado infantil… este es el trabajo y el cuidado comunitario que hay que poner en valor. Lo interesante no es solo dar cuenta del mismo sino observar los roles de las mujeres en estos trabajos. Ellas construyen liderazgos en ese desarrollo. Empieza siendo un trabajo solidario, una extensión del trabajo de la casa al barrio, de lo individual a lo colectivo. Si de alguna manera esto recibiera un reconocimiento ¿cómo afectaría a esos liderazgos de las mujeres? Es una pregunta interesante de hacernos frente a cómo se vienen dando los procesos en nuestros barrios, en la producción social del hábitat no reconocida. A veces hay subsidios que reconocen ese trabajo, en alimentos, en una pequeña ayuda de dinero, pero que no es continua, no es consistente y siempre está bajo negociación. Entonces esto requiere ser medido y es lo que estamos tratando de hacer desde CISCSA en uno de nuestros proyectos. Se trata de observar ese trabajo comunitario, poner en valor y encontrar las formas de medir cuánto contribuyen las mujeres al desarrollo del cuidado que se invisibiliza y devalúa”, concluye Falú. 

[1]  El equivalente aproximado a USD 40.853.600.000.