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Trincheras de resistencia y redes de solidaridad en la pandemia en Brasil

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Larissa Brainer

El desempleo, la extrema pobreza y la emergencia sanitaria afectan más a las mujeres, que cuentan con redes de solidaridad y acción política para enfrentar las consecuencias de la crisis agravada por la COVID-19.

Quien pasa enfrente del terreno de la Calle Paso de la Santa Cruz, en la ocupación Alianza con Cristo en el barrio Jiquiá (en Recife, capital del estado de Pernambuco), mira con curiosidad al grupo de mujeres sentadas en rueda debajo de un árbol o rebuscando la tierra y desmalezando. Desde hace cerca de un mes, comenzaron la construcción de una huerta comunitaria en ese espacio que estaba sin uso. Quien movilizó el grupo fue Elisangela Jesus Da Silva, Janja, de 42 años, coordinadora estadual del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y residente en la ocupación. 

 

Más conocida por el apodo de infancia, Janja cuenta que la idea de la huerta nació de una necesidad de hacer algo colectivamente para manejar el aislamiento impuesto por la pandemia desde el año pasado. Con una vida muy activa social y políticamente, tenía una rutina de diversas actividades externas, reuniones, operativos, encuentros. La llegada de la Covid-19 a Brasil barrió los momentos colectivos del cotidiano: "Empecé a sentir una enorme tristeza, estaba pasando por un proceso depresivo. Había algo que faltaba: la unión con las otras personas", explicó. 

 

Sentimientos parecidos alcanzaron también la vida de sus compañeras de construcción de la huerta. Mientras Janja contaba sobre su proceso, otras mujeres asintieron y compartieron sus propias historias. "La pandemia afectó mucho a las personas aquí. Quien trabajaba no pudo [hacerlo] más. O muere de Covid o de hambre. Mucha gente está sufriendo porque falta lo principal: el alimento. Muchas personas están pidiendo ayuda, volviendo a cocinar con leña porque o compra el gas o compra comida. La situación ya estaba difícil desde antes, pero empeoró mucho. Aumentó el número de personas que piden ayuda, canasta básica", contó Janja.

 

El relato de Janja ilustra los últimos datos sobre el hambre en Brasil. Según el “Expediente Nacional sobre Inseguridad Alimentaria en el Contexto de la Pandemia de la COVID-19 en Brasil”, de la Red Brasileña de Pesquisa en Soberanía y Seguridad Alimenticia y Nutricional (Red Penssan), en los últimos meses de 2020, 19 millones de brasileñas y brasileños tuvieron hambre y más de la mitad de los domicilios en el país enfrentaron algún grado de inseguridad alimentaria. De acuerdo con el relevamiento, raza y género también son determinantes en la ocurrencia del hambre en los hogares. Familias dirigidas por mujeres enfrentan mayor inseguridad alimentaria que aquellas lideradas por hombres. El desequilibrio también se evidencia cuando se comparan los hogares liderados por personas blancas y negras: estos últimos son aún más vulnerables a la inseguridad alimentaria.

 

Con el número de personas desempleadas en nivel record - 14,3 millones - según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), sumado a la situación de emergencia generada por la pandemia, las políticas públicas de protección a la población se hacen aún más necesarias. Sin embargo, el informe del INESC (Instituto de Estudos Socioeconômicos) apunta a la ineficiencia del Gobierno Federal en la ejecución del presupuesto destinado a contener las consecuencias de la pandemia. El estudio "Un país sofocado - balance del Presupuesto General de la Unión" muestra que el gobierno brasileño dejó de gastar R$ 80,7 mil millones del presupuesto previsto. Solamente la suspensión de la ayuda de emergencia dejó R$ 28,9 mil millones en los cofres públicos, al mismo tiempo en el que 18 millones de ciudadanos/as fueron lanzados a la situación de pobreza extrema. Programas y políticas dirigidas para mujeres, niños y adolescentes, personas indígenas y para la promoción de la igualdad racial también tuvieron baja inversión o fueron extinguidos. 

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A poco más de siete kilómetros de la huerta donde Janja y las compañeras están construyendo, en la Villa Santa Luzia, territorio localizado en el barrio Torre, la educadora social popular y cuidadora Elzanira da Silva, Elza, de 56 años, también da rostro a los efectos de la crisis sanitaria, política y social que alcanza el país: 

 

En la pandemia, empezó a faltar agua. Aumentaron los relatos de violencia doméstica contra mujeres y niños y siento que la comunidad se quedó más empobrecida y con el costo de vida más alto. La calidad del estudio de los niños cayó mucho y ellos están muy solos. Muchas mujeres deprimidas, sin dinero para productos de higiene, sin agua: o uno cocina o se baña. Y nosotros que somos pobres y negras sufrimos mucho más.

 

Elza, que es estudiante de graduación en Servicio Social y militante del Foro de Mujeres de Pernambuco y de la Red de Mujeres Negras, perdió la principal fuente de ingreso -como cuidadora en hospitales- con la llegada de la pandemia; además  tuvo COVID-19, lo que le generó nuevas necesidades de alimentación y de cuidados. La ayuda de emergencia disponible por el Gobierno Federal el año pasado y la red de solidaridad de mujeres de los espacios políticos que ella construye la ayudaron a transitar los períodos más difíciles. Hoy, ya con empleo, ha logrado colaborar con la manutención de otras mujeres de la familia, más vulnerables: 

 

No necesito ir muy lejos para ver la situación de otras. Mis compras de alimentos son siempre compartidas. En mi vida, viví tres grandes crisis, pero ésta, creo que es la peor. Aquí [en la Villa] no hay espacio, no tenemos patios, no hay dónde plantar para tener algún alimento. 

 

Para la educadora y asistente social de SOS Corpo-Instituto Feminista para la Democracia, Mércia Alves, el escenario es de sometimiento de la ciudadanía:  

 

Estamos viviendo un contexto muy desestructurado y deshumanizante. Es una situación muy preocupante porque no hay ninguna medida gubernamental ni para enfrentar el desempleo, ni la situación de pobreza y pobreza extrema. En los años 1990, con la campaña de Betinho contra el hambre, el escenario era de crisis económica evidente, con política neoliberal, pero hoy tenemos las crisis económica y sanitaria, sumadas al escenario neoliberal, ultraconservador y negacionista. Solo empeoró". 

 

También militante del Foro de Mujeres de Pernambuco y de la Red de Mujeres Negras, Mércia clasificó la actual situación del país como desalentadora. "Las personas tienen hambre, agravada con el aislamiento, el confinamiento, ellas no tienen agua, no tienen saneamiento, con viviendas precarias. No tienen dinero para comprar mascarillas, ni existe una política nacional de vacunación". Para ella, hubo desprendimiento de las actividades del cotidiano, con impacto directo sobre la calidad de vida de la población y de las mujeres principalmente: 

 

La sobrecarga del trabajo doméstico se hizo visible, además del confinamiento, de la violencia sexual y doméstica, la ausencia de trabajo productivo. Todo eso tiene impacto en la subjetividad, también para las mujeres militantes, que tenían la vida política como un respiro, un intercambio, y tuvieron sus actividades censuradas y sus sociabilidades limitadas. 

 

El análisis de Mércia se hace eco en la experiencia de Elza, quien sintió la falta de actividades de militancia y de las clases presenciales, ya que tiene dificultades para acompañar las asignaturas virtualmente. Elza también destacó los efectos emocionales del aislamiento: "los niños están perturbados.

Las madres no tienen paciencia. Muchas personas ansiosas. Yo no consigo dormir. Me hace falta estar en la calle. Para mí, es una prisión". Su relato es análogo al de Janja sobre la vivencia en la Alianza con Cristo: 

 

Nunca hemos pasado por lo que estamos pasando ahora, de aislamiento. Hay momentos en que nadie aguanta estar con cuatro o cinco niños en casa. Hasta los niños sufrieron, tuvieron crisis de ansiedad. Es una cosa nueva para todo el mundo.

 

Para evitar el sentimiento de desconexión  causado por el aislamiento y la tristeza por el actual escenario del país, Janja articuló la red de vecinas para la construcción de la huerta. En medio a azadas, matorral y tierra, conversan sobre los problemas cotidianos, que Janja, única militante organizada del grupo, evalúa como un tipo de formación política. 

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Entre los temas de conversación, comentan las dificultades diarias de acceso a los servicios públicos, el impacto de la ausencia de clases presenciales para los/as niños/as, de los altos precios de los alimentos y también de los planes para el futuro: un cantero de hierbas medicinales, una cocina comunitaria, plantaciones agroecológicas con semillas criollas y hasta intercambios con otras comunidades y ocupaciones, cuando sea posible: 

 

Vamos a plantar lo que dé y distribuir lo que cosechemos entre las mujeres que están trabajando aquí, proveer para nuestra cocina y vender el excedente de la huerta a precio de coste para financiar más semillas y herramientas. También queremos hacer una canchita de fútbol y un parquecito para los niños, comentó Janja mientras camina sobre el terreno en el cual deposita esperanzas, planes y acción política.

 

Para Mércia Alves, la resistencia a la crisis se muestra en las trincheras de los movimientos sociales y también en las redes de solidaridad de clase: 

 

Es muy bueno percibir y ver, por más que tengamos límites de organizarnos e ir a la calle, las acciones para ocupar las comunidades y debatir la coyuntura; las acciones de resistencia, como la de las mujeres del MTST que fueron a las calles el 8 de Marzo para demandar Renta Básica y vivienda, de las acciones del Foro de Mujeres, son la utopía. Desde nuestra acción de resistencia, aún sin la capilaridad necesaria, tenemos que disputa narrativas y eso no es fácil. Es reconstruir el país.

 

A pesar de las crisis atravesadas, la esperanza resiste. "En los próximos diez años, creo que aún vamos a estar viviendo los impactos de esto, pero creo que Dias Mulheres Virão, para que la gente se sienta fortalecida. Como dijo Carolina de Jesús: mejor morir en la lucha, que de hambre", afirmó Elza. Y cuando la palabra es lucha, la expresión de Janja se transforma. La sonrisa se abre, los hombros se relajan y los ojos brillan. "Política no es apenas aquel candidato que llega a la elección. Política es luchar por derechos. Por eso, yo me enamoré por ser militante. Yo solo paro cuando muera".

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